El ahorro de muchos para el gasto de pocos

En algo coinciden electores y candidatos: la crisis es profunda y algo hay que hacer. La diferencia sustancial es cuánto aportan unos y otros para salir del pozo. El financiamiento de la política sigue siendo tabú, pero a la mayoría a la que le cabe el sayo todavía le conviene el tradicional modus operandi. Gatopardismo ad hoc.

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Rubén Valle

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Si hay algo que en un año signado por lo electoral demanda esta Argentina sumida en la crisis es transparencia y austeridad. Dos “gestos” que ya desde el vamos no parecen formar parte de las acciones que precandidatos, candidatos, asesores y militantes siempre listos vienen desarrollando, con más alto o bajo perfil, en pos de una banca o el sillón mayor.

Ahí están para demostrarlo los varios proyectos que duermen en el Congreso buscando establecer reglas claras para el financiamiento político. Un tema incómodo y molesto cuando lo ideal para la praxis tradicional de los partidos es evitar dar explicaciones y manejarse con su habitual libre albedrío a la hora de buscar respaldo económico para la batalla electoral. La transparencia, lo sabemos todos, implicaría un cambio cultural que difícilmente alcancemos a ver a corto plazo.

En cuando a la austeridad (o más bien, su falta), una de las más efectivas vidrieras para los actores políticos siguen siendo los eventos masivos y gratuitos. Ganar la atención de miles de potenciales votantes en unas pocas horas supone una inversión alta que, en casi todos los casos, fluye de las arcas públicas, nunca del bolsillo del candidato o su partido.

En otros países, donde el origen de los aportantes está transparentado desde el arranque y perfectamente documentado, los fondos para este tipo de acciones de propaganda/marketing político están garantizados y no hace falta echarle mano al dinero público.

Esto último se ha naturalizado tanto que más de uno siente que no está mal que se paguen festivales completos con los impuestos de todos; es cultura y se comparte gratuitamente, defienden algunos abanderados. Es aquí donde para menguar el impacto de los altos costos se habla de la participación de sponsors, que ciertamente hay. Pero, vamos de nuevo, tampoco se transparenta quiénes son y cuánto aportan. Eso implicaría estar el día de mañana bajo la lupa en una posible licitación y quién quiere quedar escrachado así o directamente fuera del juego.

Lo más simple, lo que se hizo toda la vida, lo que le cuadra a la corporación, lo que “nos conviene a todos (¿?)”, es ese manido gatopardismo discursivo de que hay cambiar la Argentina para que, en la realidad, nada cambie. Y todos (ellos), tranquilos.

Ante el escenario difuso que se nos presenta, donde muy pocos están en condiciones de llenar las expectativas del ciudadano, quizás las únicas opciones no sean voto castigo, voto venganza o voto en blanco. La opción voto pensado también puede hacer la diferencia.

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