Vota la generación meme: qué recibieron los hijos de la crisis del 2001

En 2001 fueron las elecciones de "clemente" y el voto bronca. Este año votan los jóvenes de esa generación y la política no se prestigió. Las lecciones no aprendidas. 

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Pablo Icardi

Macri y Cristina son las principales figuras políticas del país. Generan adhesiones y rechazos fuertes.

En octubre del 2001 un presidente de mesa daba la noticia: una persona había votado a una feta de salame. El colmo de la burla al “acto más hermoso de la Democracia”. En realidad el símbolo de esa elección fue Clemente, que si realmente hubiera sido candidato podría haber conseguido una banca en el Congreso. Fue la elección del “que se vayan todos”, donde el voto anulado y en blanco fue más importante que los sufragios positivos.

Este año hay elecciones y cumple mayoría de edad la generación que nació en la víspera a la peor crisis policía y social desde el retorno de la democracia. Esa fue, entre otras cosas, una crisis de credibilidad de quienes conducen el sistema democrático. El que se vayan todos es la frase del fracaso.

Los jóvenes que ahora sí tendrán la obligación de votar son parte de la generación del meme, ese sistema de comunicación gráfico que apunta a una síntesis humorística, obviando muchas veces el proceso con el que Rolad Barthes se haría un festín de análisis. Difícil explicarles lo que hay detrás de cada meme de Macri gato o Cristina chorra. Esa generación tendrá por primera vez la obligación de votar, de elegir.

Cristina, según un meme
Macri tips, uno de los memes más famosos.

En cualquier mesa de familia va a ser, tarde o temprano, un tema de conversación y seguramente los padres se pondrán colorados por la herencia construida. Si ellos nacieron alrededor de una crisis de credibilidad en el sistema tras una serie de decepciones, en este tiempo poco se hizo para cambiar esa imagen. O más bien todo lo contrario: la dirigencia política no se ha prestigiado. Cualquiera adulto debería ponerse colorado. Tras 18 años, poco cambió; casi nada mejoró. Los índices de pobreza son casi gemelos con esa época, la dependencia financiera también y hasta los títulos podrían repetirse. La bonanza económica de la última década no se transformó en desarrollo, los ricos son más ricos, los pobres más excluidos. “A pesar del crecimiento económico, las políticas de protección del mercado interno y la ampliación de las políticas sociales, con cada ciclo económico se amplían las barreras productivas y las desigualdades estructurales que ponen límites a la caída de la pobreza y a procesos de convergencia a nivel social y regional. Tanto la desigualdad social como la pobreza estructural son resultado de un modelo macro-económico y de crecimiento económico-productivo desequilibrado con efectos de exclusión, marginalidad y desigualdad a nivel socio-ocupacional, sociocultural y socio-demográficos”, resume el informe sobre pobreza estructural de la Universidad Católica Argentina.

Pues esa falta de prestigio de la clase dirigente se trasluce en cualquier encuesta. La credibilidad de las instituciones democráticas sigue por el piso. Según la encuesta de Managment & Fit, que renueva cada año, menos del 30% confía en los poderes del Estado. Solo las universidades zafan de ese tobogán.

Cristina y Macri, producto de ese proceso

El proceso político generado desde el 2001 no fue intrascendente. Las dos principales fuerzas políticas de Argentina son producto, de una u otra manera, de lo que dejó el que se vayan todos. Cristina Fernández de Kirchner ya era una dirigente política de larga historia en 2001. Pero el poder que construyó su esposo Néstor sí fue en base a la resaca de la época de crisis: asumió el poder con pocos votos, llamó a una concertación trasversal que supuestamente superaba la estructura de partidos y sumó a movimientos sociales. Sin embargo luego resultó ser más un modelo de concentración de poder, que una alternativa moderna.

Mauricio Macri también es un producto de ese proceso. En 2001 apenas era un precandidato a presidente de Boca, aunque con ambiciones. Aún tenía la tensión interna entre cortar el cordón con la herencia familiar para dedicarse a la “cosa pública”. Pues Macri hizo los deberes. Tras sus gestiones en Boca formó un partido, construyó su imagen, se bancó perder elecciones en la Ciudad de Buenos Aires y presidencia. No fue una aventura aislada sino que construyó un espacio político con ambiciones de poder. Su proyecto fue exitoso, no hablando acá de resultados para la ciudadanía y el país, sino de los resultados políticos de ese camino.

Como un dejavu, el descontento es un actor clave en las elecciones que vienen. La decepción otra vez es un valor negativo presente y de difícil análisis para quienes cranean estrategias electorales. En la vida cotidiana se siente y lo sentirán los candidatos, a los que les va a costar tocar un timbre para pedir el voto. Contrariamente a lo que piensan muchos, nuevamente esa bronca es general y no solo con un sector. Se vive en los barrios y hasta en los sectores más exclusivos. Se suman anécdotas de dirigentes que deben esconderse en las VIP de los aeropuertos por pudor o temor.

Que la generación del 2001 sea ya un “actor político” pleno puede ser intrascendente para muchos. Sin embargo es un símbolo para analizar lo que se construyó y lo que no desde esa crisis espantosa, que ya tiene mayoría de edad.

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