Gris y ausente, en los momentos más críticos

Fernando de la Rúa vino dos veces a Mendoza y ambas visitas se produjeron en momentos difíciles. La primera vez, en medio de un motín carcelario; y la segunda, a días de que se desmoronara su gobierno. Vino la última vez a inaugurar un dique que Mendoza no le debía. Lo que más se notó ese mediodía de diciembre fue la angustia de la política ante el desenlace inminente.

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El ex presidente De La Rúa.

El mandato de Fernando de la Rúa estuvo lejos de ser una experiencia feliz y ese tono gris, con final trágico, se notó en sus dos visitas a Mendoza.

Cuando vino por primera vez, faltaba un poco todavía para que se desatara la crisis económica que lo terminaría derribando. Puede decirse que De la Rúa atravesaba entonces la "luna de miel" de los inicios en el poder. Pero el líder de la Alianza casi no conoció ese estado y por eso aquella visita de marzo de 2000 fue mucho menos relevante que el motín que se había desatado en la por entonces única cárcel provincial de calle Boulogne Sur Mer.

La crisis carcelaria en plenos actos vendimiales tuvo en vilo al gobernador Roberto Iglesias y sus funcionarios. Hubo temor y hasta rumores de suspensión de los eventos callejeros que normalmente se desarrollan en Mendoza a no muchas cuadras del viejo presidio. En especial, el Carrusel.

Poca importancia tuvo aquel fin de semana que el nuevo Presidente hubiera venido a Mendoza. Todo fue tensión y, luego, festejos por la resolución del conflicto con los presos. De la Rúa no incidió en este desenlace, ni para bien ni para mal.

Volvió a la provincia a fines de 2001, cuando se precipitaba el fin de su gestión. Estaba invitado a la inauguración del dique Potrerillos, pero el país no tenía nada que festejar.

La Provincia tampoco le debía a De la Rúa el dique, que se construyó con fondos de la privatizaciones de las empresas de luz y agua. Entonces todo fue frío protocolo.

Eran ruidosos los rumores y los malos augurios de los funcionarios en aquel acto desabrido y breve de diciembre de 2001. De la Rúa pasó otra vez sin penas ni gloria por Mendoza, como un año antes.

La diferencia fue el clima de angustia ante lo que estaba por venir. Era lo que se notaba en los rostros de todos aquellos mendocinos que aquel mediodía soleado y ventoso lo vieron despegar de Cacheuta, en un helicóptero.

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