Cornejo propone, la vitivinicultura dispone

La propuesta del Gobierno de crear un fondo anticíclico para la vitivinicultura aparece como un alivio para una actividad en crisis crónica. Sin embargo deberá ser la propia industria y el contexto macroeconómico los que determinarán el futuro o no de la actividad.

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Cristian Avanzini

El vino en copa descartable, ícono de la innovación.

“Adáptate o muere”, parece ser el lapidario mensaje del mercado a la vitivinicultura argentina, que por estos días arranca una nueva temporada en crisis.

En medio del folclore del tire y afloje sobre volumen de cosecha y stocks en bodega para intentar sacar una ventaja en el precio, el Gobierno provincial salió a apostar fuerte con una propuesta de asistencia multimillonaria a la actividad con un fondo anticíclico de cuatro años.

A través del set de herramientas que propone Economía en el fondo fijo de $1.000 millones hay ayuda a la exportación, operativos de compra de uva o vino, y ayuda para la innovación, entre otras. La novedad trae alivio a viñateros que ven cómo (un año más) su producción tiene destino incierto o devaluado, al igual que las bodegas con el vino en existencia.

Dos sommelieres en Los Angeles abrieron una disco temática con el vino como estrella.

Antes de que se conozcan las estimaciones de cosecha y de stocks vínicos Martín Kerchner salió a jugar una carta fuerte. El titular de la cartera de Economía cree que un fondo estable a cuatro años dará mayor previsibilidad para que todos los elementos de la cadena productiva ajusten sus engranajes y logren, de una vez, despegar sin las recurrentes “rueditas” del Estado.

Hecha la propuesta, la pelota quedará del lado de la industria que será, en interacción con el marco macroeconómico, la responsable de su propio destino. Los $1.000 millones que nos costará a los mendocinos el salvavidas pueden volver con creces con importantes beneficios económicos y sociales a la provincia, o perderse como un balde de agua en el río.

Los datos de consumo son crudos: la caída no encuentra piso y la cerveza se perfila para seguir ganándole protagonismo a la “bebida nacional”. Ante esto, la vitivinicultura no tiene otra alternativa para subsistir que innovar e intentar reinventarse. La Innovación en el Modelo de Negocios (BMI, por sus siglas en inglés) se presenta como vital para la industria, por ello la asistencia del Gobierno incluye en su kit una ayuda para avanzar en este sentido.

Para innovar, sin embargo, es necesario ir un paso antes e identificar qué quieren los consumidores, con qué se identifican y en qué basan sus decisiones de consumo. La grieta entre las bodegas que trabajan para lo que pide el mercado y las que lo hacen priorizando lo que ellas creen que sería bueno para el consumidor es una realidad. Más allá de si se está a favor de una u otra postura resulta necio atarse a un modelo de negocio establecido hace 50 ó 15 años ya que la propia dinámica del mercado exige estar cada vez más en movimiento. Por eso en la era de analíticas, Big Data y Business Intelligence, estar a la vanguardia puede marcar la diferencia entre renacer y quedar sepultado... y lo segundo no debería ser una opción para nuestra “industria madre”.

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