Coronavirus: un día en el que hicimos muchas cosas mal

Coronavirus: un día en el que hicimos muchas cosas mal

Las clases suspendidas, pero miles de personas abarrotadas en los supermercados o los jubilados haciendo colas en las puertas de los bancos. La primera jornada de las restricciones por el coronavirus en Mendoza dejó al desnudo cómo reaccionamos antes situaciones de emergencia de este tipo.

Marcelo Arce

Marcelo Arce

Bastó ver las imágenes de los jubilados haciendo colas en la puerta de los bancos o la gente agolpándose en las cadenas de supermercados mayoristas, para caer en la cuenta de que, durante el primer día de las restricciones por la pandemia del coronavirus en Mendoza, muchos de nuestros vecinos no terminaron de comprender la magnitud real de lo que se avecina.

Quienes obligaron hoy a algunos comercios a poner policías para ordenar los ingresos mientras buscaban abastecerse, entraron sin duda en una sensación de pánico. "Tenemos que encontrar un punto de equilibrio entre la sobreactuación de la calma o la sobreactuación de la indiferencia. Hay que evitar la negación, la omnipotencia y la indiferencia", fue la conclusión del psicoanalista José Abadi ante hechos de este tipo.

Para el especialista, si caemos en el sobredimensionamiento de la situación se genera un sentimiento de angustia que llega hasta el pánico. “El pánico bloquea, confunde y obstaculiza. Necesitamos un miedo útil", reflexionó.

Quizás las autoridades no contribuyen a lograr esa clase de miedo que genera reacciones positivas. La suspensión de las clases de manera repentina desencadenó una aceleración de los tiempos previstos por Rodolfo Suarez para el manejo de esta crisis.

La Dirección General de Escuelas ya tenía decidido suspender el ciclo lectivo, pero no esta semana. Quizás dentro de diez, o quince días. Pero la determinación de Alberto Fernández forzó al gobernador mendocino a modificar su estrategia ya tomar medidas drásticas sin siquiera tener un caso de coronavirus registrado en la provincia.

La recomendación oficial fue que lo mejor para los chicos era quedarse en sus casas pero no en compañía de sus abuelos, sino que lo recomendable era que lo hicieran con uno de sus padres. Pero lo repentino de la situación, dejó al desnudo la falta de programación: el gobierno explicó cómo los docentes con hijos podían faltar a sus trabajos y de una manera bastante sui generis explicó que las autorizaciones las darían los directores de los establecimientos vía Whatsapp.

Pero nada dijo acerca de cómo podrán optar por el mismo camino el resto de los padres o madres que no trabajan en una escuela para quedarse con sus hijos durante estos 14 días iniciales de cuarentena. Pasó todo un día desde que Mendoza se sumó al parate escolar y todavía no hay novedades en ese sentido.

Las personas mayores de 65 años, que como se sabe son el sector de la población con más riesgo de contraer coronavirus, que tuvieron que hacer cola en la calle hoy para poder hacer el trámite de su jubilación fue el reflejo de una política correctamente diseñada para evitar que el virus se expanda. Pero muy mal implementada.

A nivel global los expertos coinciden en que las regiones que están preparadas al momento en que se produzca la circulación social del virus, responderán mejor con sus servicios sanitarios y se bajará la tasa de mortalidad. Los que se vean abrumados, como demostró China en un primer momento o Italia en una etapa posterior, colapsarán y la cantidad de víctimas serán mayor. Y la medida a tomar es solo una: el aislamiento social.

Por supuesto que todas las respuestas para combatir el coronavirus se toman minuto a minuto y las reacciones son dinámicas. Pero: ¿cómo fue que, si se decidió a nivel gubernamental, apostar a esta estrategia terminaron decenas de jubilados uno al lado del otro en la calle o miles de personas abarrotadas en los supermercados?  Para peor, se supo que algunos bancos habían dejado a los viejos afuera por temor de los empleados a contagiarse.

Está claro que catástrofes de este tipo revelan quiénes somos como personas y la manera en que funcionamos como comunidad. Si apostamos otra vez al individualismo del sálvese quien pueda o estamos dispuestos a actuar pensando en el otro. Y si un gobierno no da la talla, demostrar que, como sociedad, no podemos ser peor que eso.

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