#Podcast: Bolivia y Chile le duelen a Mendoza

#Podcast: Bolivia y Chile le duelen a Mendoza

Bolivia y Chile son dos países hermanados con Mendoza. La situación duele y también hace ponderar dos valores importantes: la política y el respeto institucional. 

Chile prendido fuego, literalmente. Bolivia con una ruptura en su orden institucional y con incertidumbre sobre el futuro. Dos países hermanados con Argentina y con Mendoza en particular por los fuertes lazos humanos de vinculación.

Muchos chilenos llegaron a la provincia desde 1983 (o incluso antes) y hasta 1990 escapando de la dictadura de Pinochet y se echaron raíces. Hay un vínculo afectivo, geográfico, económico, cultural y hasta turístico. Pero también humano. El último CENSO marcó que había cerca de 18 mil personas nacidas en Chile viviendo en Mendoza. Pero son muchos más.

La comunidad boliviana en la provincia es enorme (cerca de 30 mil personas) y también tienen un fuerte arraigo en zonas rurales de la provincia; tanto que ya hay varias generaciones de argentinos descendientes de bolivianos. En ese caso hay otra particularidad. También echaron raíces, pero no muchos no cortan el vínculo con Bolivia. Hay un dato económico que lo grafica. Las remesas, los recursos que se transfieren desde un país a otro, llegaron a representar el 8% del PBI de Bolivia y antes de la devaluación Argentina era uno de los principales orígenes de esas transferencias.

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Por eso los conflictos en los dos países, que no son comparables, duelen de manera particular. Lo que ocurre también sirve para poner ponderar dos valores que muchas veces se subestiman: el respeto a la institucionalidad y el valor de la política en la vida democrática.

En ambos casos, al parecer, fallan esas dos patas de la democracia.

El aparente estado de bienestar de Chile escondía un sistema desigual que, a pesar de las mejoras y el crecimiento económico, no se ha saldado. Pero el desborde y la violencia en las calles marca también una falta de representatividad de ese descontento social. No hay interlocutores validados entre quienes se manifiestan y el Gobierno al que le reclaman. Esa ausencia de política en el medio genera lo peor que se ve: protestas anárquicas que capitalizan grupos violentos, reclamos amorfos y un Gobierno desorientado.

Evo Morales ha sido, probablemente, el líder sudamericano más destacado de su generación. Pero embriagado de poder, no supo aceptar el “no” que le dijo la ciudadanía en el referéndum por el que buscaba legitimar sus aspiraciones por un nuevo mandato. Morales avanzó a pesar de la negativa. La autoproclamación luego de las reñidas elecciones de octubre sembró más dudas.

La respuesta a la “reelección forzada” de Evo fue la violencia y un intento de quiebre institucional. Las palabras del general Williams Kaliman lo traslucen: la “sugerencia” de un militar hacia un presidente que está en ejercicio para que deje el cargo no es una frase ingenua. La reelección de Evo Morales es tema de controversia, pero no el mandato que tiene en ejercicio y allí es donde se concreta un quiebre institucional que se sostiene, además, con la salida de toda la cadena sucesoria.

La incertidumbre demostró la fragilidad institucional de ese país.

Es la política

Cualquier comparación puede sonar forzada. Pero al menos sirve para trazar un panorama de los anticuerpos que, a fuerza de crisis, Argentina tiene. Y tienen que ver con la solidez institucional y la fortaleza que ha demostrado a pesar de todo el país ante tensiones extremas.

En ese sentido, hay valores mínimos que están estandarizados y que no se ponen en duda. Uno de ellos es la subordinación a la institucionalidad y a la política de todo otro poder. Desde militares, hasta empresarios. Tras las estabilización de la democracia, lograda con Alfonsín y sorteando obstáculos, la crisis del 2001 – 2002 puso a prueba todos los mecanismos institucionales. Y funcionaron. Incluso para ejecutar las conspiraciones políticas para acelerar la salida de De La Rúa, hubo una lógica legal que se mantuvo: cinco presidentes y dos de ellos elegidos por la Asamblea Legislativa.

El otro valor es la política y la representatividad. Las organizaciones sociales pueden molestar; generar clientelismo en algunos casos; pero tienen un valor importante: corporizan los reclamos, le dan una vía política a los conflictos. La política le pone palabra a los conflictos, la palabra permite diálogo y negociación. La ausencia de la palabra es la violencia.

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