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Opinión

Violadores, gracias a Dios


Amarás a Dios sobre todas las cosas.

No dirás el nombre de Dios en vano.

Santificarás las fiestas.

Honrarás a tu padre y a tu madre.

No matarás.

No cometerás actos impuros.

No robarás.

No darás falsos testimonios.

No consentirás pensamientos ni deseos impuros.

No codiciarás los bienes ajenos.

No quisiera que el caso de lo que se conoció como lo sucedido en la Institución Antonio Próvolo, aquí en Mendoza, fuera tomado sólo como un simple y grave caso policial.

No había leído o escuchado historias y relatos de esa naturaleza desde el campo de exterminio nazi en Polonia, Auschwitz o como los que sucedieron en Mendoza en el D2, ahí nomás a la vuelta de la casa de Gobierno durante la Dictadura Militar. Se dirá que no hay comparación entre las cámaras de gases durante las duchas y los experimentos humanos en manos de médicos del horror o en el diseño de torturas inimaginables a cargo de miembros de las fuerzas armadas. En cualquiera de esos escenarios la distancia entre el discurso y el genocidio eran enormes.

El caso Próvolo cruza todas las fronteras pues repite de manera calcada lo que se ha venido conociendo desde hace años en la Iglesia Católica como algo que no pasa o al menos no se conoce en las distintas religiones incluso dentro de todas las variables cristianas.

Hemos podido asistir a noticias de abusos sexuales a manos de los siervos de Dios, los encargados de la palabra santa y sermones admonitorios en todas partes del mundo y por todas las categorías de señores santos, ya sean cardenales, obispos, curas, párrocos, diáconos, etc. La violación sistemática atraviesa rosarios y penitencias. Las víctimas, hombres y mujeres, narran el horror de ser sometidos a los deseos sexuales de quienes predican su prohibición por la toma de hábitos. Es la castidad, el mayor flagelo al que ha sido sometido no el cura sino el creyente. La violación ha pasado a ser un acto de fe, una complicidad que se debe guardar en la memoria, mientras el discurso oficial de la Iglesia es la fuerte cruzada contra la educación sexual en las escuelas y contra el aborto hasta para las violaciones.

No ha habido daño más causado por una religión como la Católica tanto como por su Inquisición y bendición de exterminios como por los actos individuales, sistemáticos y globales como las producidas por cientos de personas que bajo el ropaje de fe y promesas divinas han sometido a miles y miles de niños y niñas que fueron dejados a sus cuidados y deberes.

No hay palabra oficial ni de las tantas órdenes que siempre están a la vera del camino con sus cruces cuando se habla mal de Dios, ahora que sus representantes con sus miembros erectos recorren cuerpos desnudos de púberes incorrectos.

La culpa sigue siendo del otro u otra que se ofrece sin poder ser rechazado por la débil voluntad del hombre santo, que tiene como escape su confesión semanal absuelto siempre por su cómplice detrás de la ventanilla.

El Caso Próvolo, demuestra como desde Grassi en adelante para tener un recuerdo fresco, cómo el cinismo de la palabra y el golpe en el pecho sigue siendo más importante que los actos y las conductas. Es en nombre de Dios y el amor, que toda penetración sea sólo un acto humano demasiado humano y por tanto clandestino.

Las violaciones institucionales aun así no pueden dejar de perder en la memoria a los Angelelli, Contreras, Paulo Evaristo Arns, Silva Henriquez, Macuca Llorens, Cardenal, Teresa de Calcuta, Hesayne, De Nevares entre muchos otros que dieron verdadera militancia con la humanidad y sus causas perdidas.

Pero ello no puede dejar de hacer pensar que la Iglesia Católica y sus distintas órdenes así como su feligresía deben al resto de la sociedad una clara respuesta de la conducta de quienes en nombre de Dios violan, abusan, penetran cuerpos prohibidos.

Son pocos los mandamientos y muchos los abusos y mucho mayor el silencio. No se escucha Padre pero si el grito ahogado de los niños sordos del Próvolo.