Opinión
Explota el globo
Es una piñata con caramelos y chupetines. Estoy parado en una silla y levanto el brazo con el globo agarrado y unos de mis pibes salta y no llega, prueba una y otra vez y no llega. Abajo hay niños y niñas. Los miro desde un ojo de pez y son caritas ampliadas, bocas anchas. Esperan que explote el globo. Gritan cuando salta mi pibe con un escarbadientes largo. El globo es duro, de goma dura. Tal vez por eso no explote de un golpe. Bajo el brazo para que la estocada sea de una buena vez.
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El piso está repleto de caramelos y chupetines y los niños se amontonan como cachorros buscando una teta en el piso. Como si el piso fuera una perra madre estirada con las patas abiertas dejando todo el pecho y la panza libre para sus hijos. El globo ya no es más que pedazos de goma esparcidos por el living de la casa. Hay piolas sueltas y un retumbe por la explosión.
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El globo es ancho, el mundo es ancho y largo. No infinito pero lo suficientemente grande como para que quepan africanos y chinos, argentinos, paraguayos y sirios. Húngaros y polacos. Guatemaltecos y norteamericanos. Hay lugar para los alemanes y para los rusos. Podría seguir la lista. Lugar hay. Tierra hay, agua hay.
La ecuación no da, entonces. La foto con el niño muerto en la arena recorre los más de doscientos mil medios de comunicación que deben haber en el globo. Medios alemanes y norteamericanos, argentinos y paraguayos, guatemaltecos. Medios. Imágenes, fotos. Estampas del dolor en la piel del mundo que ya es un puerco espín. El mundo duele y hace doler. Los oligarcas de toda la faz de la tierra se sienten conmovidos por ese niño muerto en la arena, a los pies del mar y arman una fundación en medio de un brindis.
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Todo va a parar a la papelera de reciclaje. Las fotos, el niño, los refugiados, los caramelos, los chupetines y los restos del globo explotado. En la repartija, o mejor, en la rapiña ganan más, los más grandes. Los niños de nueve se llevan a sus arcas diez o doce caramelos por pera y unos cinco o seis chupetines. Los de tres o cuatro, apenas dos caramelos, o un solo chupetín. El reparto no es reparto. Ahí actúan los grandes, los padres y los tíos, para que se empareje la cosa, luego del conteo de la desigualdad. Algunos ceden. Otros no.
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Es domingo a la tarde y veo un documental sobre CándidoLópez, el pintor que retrató la guerra contra el Paraguay. La guerra infame de La Triple Alianza. Las pinturas de CándidoLópez muestran las batallas y los muertos y la sangre. Los soldados no tienen ojos ni boca. Los muertos son los únicos que ven el fin del mundo. Sólo los muertos tienen ojos bien abiertos y bocas en O. Una matanza en la que participamos como país de la mano de Bartolomé Mitre, el fundador del diario independiente La Nación, que era El Clarín de la época. 1865-1870. Cinco años asesinando paraguayos.
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El globo inflado tenía unas vetas de colores verdes y marrones claras, naranjas y rojas. Recuerdo, ahora, que ya no es globo porque todo globo es, cuando es inflado. La torta de cumpleaños se reparte por raciones. Grandes para los grandes y chicas para los chicos. Así son los cumpleaños. En la celebración hay felicidad y una especie de socialismo de los alimentos.
El mundo no vive de cumpleaños. El mundo vive enterrando gente. La desigualdad en el mundo es la parca que aparece en las zonas lejanas de los centros. Es un fantasma en las periferias. La desigualdad está en la naturaleza del proceso de acumulación. Hay humanos aptos y restos de humanos no aptos. El sentimiento político vibra desde los palacios para frenar las olas de un mar tenebroso que amenaza. Es la contradicción de las jerarquías. No todos pueden. No todos llegan. No todos quieren.
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Es lunes de noche, madrugada y vigilia. Seis o siete de la mañana y oscuridad en el barrio. Las bolsas de basura ya no están. No abro los diarios. No veo las fotos. Voy, directo, a darle de comer a los peces y a mi perra.

