Opinión
Combatir el confort para pensar
El confort ha sido siempre un enemigo oculto, el verdadero enemigo interno que seda e induce suavemente como un tábano, al sopor. Es consumo también, pero no solamente. Sería parcial mirar al confort asociado únicamente al consumo de bienes y servicios. El confort puede estar -¡y vaya si no lo está!-, en el pensamiento, en las partículas elementales de los recorridos y las trayectorias por “ser alguien”, y siéndolo, ser más. Pensar desde el confort también roza el supuesto pensamiento crítico (uno está en el lugar correcto develando siempre verdades ocultas, dispositivos de una maquinaria infernal. Eso hace muchas veces el pensamiento de izquierda, de las izquierdas negadas a ver en un rito un hecho socio cultural y político plagado de simbologías aparentemente engañosas para los sectores populares).
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Por muchos motivos esa mirada positivista ha cambiado en la camada de intelectuales de los últimos años. Sin embargo el confort también está ahí, en quedarse a engordar. La gula no es un pecado capital necesariamente, la gula es producto de la ansiedad por la voluntad de poder del conocimiento. Saber más de todo, como si a través de ingerir dosis altas de conocimientos (académicos, por lo general) pudiéramos controlarlo todo un poco más. Esa voracidad por explicar o encontrarle la explicación a cada hecho es una forma de la gula. La gula intelectual.
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Hay zonas insondables de la mente y de la cultura que incomodan por su disloque. Casas hechas, mal hechas por des-conocimiento técnico (occidental, burgués) que jamás se derrumban, que tiene funcionalidad para el que las habita. Ranchos a la medida del que lo usa. No es que quiera caer en un relativismo pero el confort de bienes de conocimientos, su adquisición voraz, genera angustia y frustración en las mentes brillantes que son financiadas para que produzcan tecnologías materiales o de conocimientos brillantes.
El mandato. Los mandatos: familiares, institucionales, grupales. Todo pensar, o intento al menos, desde lugares incómodos para el habitante urbano acostumbrado a la geografía prediseñada por el poder, da temor. El suelo, el piso. Desde qué suelo se piensa. En eso me pliego al romanticismo. Lugar, cuerpo, mente. La acción atrevida desde lugares supuestamente confeccionados para otra cosa. No sé. En un bar se piensa, en un café. En el campo y en la montaña, desde allí. En un baño. Encerrarse a pensar en un baño rodeado de cepillos de dientes, toallas, olor a mierda, o a desodorante. Da igual, son olores. Unos para ocultar a los otros. El confort. Escribir desde el confort lo mismo de siempre pero con otras palabras da confort. El dolor y la angustia, lejos de considerarlas negativas, a muchos les genera confort (vivir en la angustia, vivir en el dolor). El confort en definitiva no produce el cambio. No rompe. No jode, “hace como que jode”.
En la política pasa otro tanto. La política está llena de aviones y celulares y hoteles y choferes. Hay un pensamiento oligarca, que difunden los oligarcas y prende en sectores de las clases medias y en parte de los sectores populares en general, que dice:“la política debe auto financiarse por el que hace política”. Es un pensamiento bien extendido. Lo dice un Macri por ejemplo, o un editorialista de Clarín o La Nación, un Mitre, un Noble. La nobleza. Cuando la oligarquía se mete en la política (siempre lo hace) poniendo la cara, en este caso el propio Macri, genera esos discursos de austeridad. La oligarquía necesita invertir la relación para que los políticos ganen poco o nada y así elitizar la función, para que no lleguen los sectores populares a espacios de representación. De ahí los discursos anticorrupción evangelizadores.
Sin embargo, hay una forma de la política que quiere parecérsele a la oligarquía, o a la burguesía. Básicamente en su forma de vida, en el plano de la fantasía inconsciente tal vez, no sé. Que necesita de la burbuja. En la burbuja del confort no hay libertad alguna. Hay que vivir con lo puesto porque un político que se hizo empresario a partir de la política no es creíble. Nadie puede entrar pobre y salir rico en la función pública. El que lo hace se olvidó. Se hace conservador. Quiere más confort.
Hay que combatir el confort como concepto. Buscar la incomodidad y pensar de otra manera para poder mirar lo que nos mira y no vemos. Mirar. Escuchar. Tocar. Pincharse y que salga una gota gorda de sangre. A mí me pasa. Lo uno y lo otro. Y en ese nomadismo… vamos viendo.

