Opinión
Escribir con el cuerpo y combatir las palabras
No escribo en este medio para quedar bien con los dueños. Tampoco con el director ni con los editores y periodistas. Lo digo claramente porque hasta hoy, creo, al menos, tengo la libertad de decirlo. Y como escribo desde hace ocho años, conozco el tipo de lector y mucho más al tipo de forista que sale a opinarme desde la descalificación y la bajeza. Eso me lo he bancado desde el principio. Y la verdad, no me jode la crítica opositora, aunque a veces sí las suposiciones sobre mi vida personal que este medio deja fluir conmigo y no con otros periodistas.
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No le tengo que rendir pleitesía a nadie porque a mí me llamaron una vez para ser columnista y me dieron libertad de palabra. Eso, a muchos, les jode. En este medio y en otros. Lo siento, pero cada uno construye lo que se anima a decir y a callar. Por declararme peronista y decirlo, por defender lo que consideroconquistas populares, me matan, sin piedad. Es el juego. Lo conozco a la perfección por oficio. Por el oficio de escribir, ya, más de 800 columnas desde que el diario nació en 2007.
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Considero insólito que en un medio haya tan solo una opinión que va en contra de la línea editorial del medio y del tenor de las más de 30 o 40 notas políticas por día que se suben on line. En esto no hay balanza que modere lo impar del contrapeso, ni balanza que aguante. Lo asumo: soy un puching ball que a muchos les sirve para sacarse las rabias y los odios con que se alimentan diariamente comiendo las otras noticias. Conmigo queman grasas.
Para mí, lo digo, sí, lo digo: el diario se ha transformado en un órgano de prensa de la oposición, especialmente radical, de la provincia y el país. Solo con abrir el diario, cualquiera en su sano juicio, lo puede comprobar. Reitero: lo siento si esto molesta a quienes hacen el diario día a día. Sino que me demuestren lo contrario. No pienso resignar mi pensamiento ni mi estilo de escritura por ello. Por más que venga el funcionario que sea a saturar los teléfonos pidiendo que me callen, moderen o expulsen. Yo vine para esto y para esto estoy. Para plantear otra perspectiva que, seguramente, a veces está errada. O la mayoría de las veces según quien lo evalúe.
Escribo sin neutralidad. Y considero que nadie la tiene por más noticia en seco se presente sobre un hecho. No me pienso ir del diario a no ser que me echen. Ofertas he tenido. Y les he dicho que no, porque cuesta años sostener un espacio. Me considero un trabajador de la palabra y, por supuesto, un trabajador del diario, no free lance, un trabajador que da la lucha a través de la palabra. Nunca le escape al bulto de escribir. Jamás. De dos columnas semanales pactadas he mandado hasta tres que, generosamente las he ofrecido, sin reclamar nada. Y, nobleza obliga, nadie en el diario me ha dicho que no me exceda en el número de columnas.
A mí me gusta escribir. Se ha tornado una necesidad vital. Pero no escribir por escribir sino mejor intentar un llamado a pensar desde otra perspectiva, sea provocando, poetizando la prosa, o con la vehemencia sin filtros del lenguaje. Para mí el lenguaje es un juego, las palabras no tienen moral y están para usarlas, modificarlas, resignificarlas y hasta cambiarlas de su acepción originaria según las reglas de la RAE. Las palabras son, a veces, una trampa, y por eso hay que combatirlas con otras palabras. Inventando otras, destruyendo las que, por caer en lugares comunes, terminan en vulgares repeticiones de lo dicho.
Escribir debe ser también un acto de boxeo. El escribiente está en el ring de la página en blanco, pero enfrente hay cientos de palabras contra las cuales confrontar. Celebro la barbarie, el paganismo y el hedor de la escritura oblicua. Son sitios no acostumbrados a visitar y por eso meten a veces miedo, y en ocasiones incomodidad. Escribir es poner el cuerpo al desnudo, tajeado o mutilado.
Siempre, así al menos lo concibo, escribir será escribir desde el cuerpo.

