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Opinión

Un ejercicio de crispación

Cuando el Estado se hace presente, suele ocurrir un estado de ebullición permanente.

Cuando el Estado se hace presente durante tanto tiempo, amparando derechos, otorgándolos, generando espacios para la aparición de otros, abriendo el juego de la palabra para que se suelten los miedos de los que no fueron correspondidos, preservando matrices culturales, fomentando el uso de espacios antes vedados para las mayorías, mejorando la calidad de vida, o creando las condiciones para hacer posible esas mejoras; suele ocurrir un estado de ebullición permanente. Más disputas. Más voces encontradas, mayor participación de los contrarios. Nuevos enfrentamientos entre sectores sociales.

Es lo que algunos denominan crispación, peyorativamente, como si la crispación fuera un postura personal de unos gobernantes dados a la batalla de sembrar antagonismos entre partes otrora amigables y entregadas a la magia de los consensos, hechos de buenas intenciones. Por supuesto que el tono de los discursos, la apelación a las acciones en el plano del lenguaje, juegan y ponen pesos en la balanza para la creación de otras conciencias. De más está decir que las palabras nunca fueron neutrales y que la crispación puede ser generada pronunciando la palabra “paz” o declarando un Estado de Sitio.

O no huelga decirlo. Mejor reiterarlo. La vida crispada ha sido y será una constante hasta en los estanques japoneses. Es que el temor a los cambios genera nostalgia de tiempos memorables, como si esos tiempos memorables no hubieran sido atravesados por la crispación de los cambios de época, revuelto gramajo, pan y cebolla, té de yerba con pan amasado y fritangas. Bien. No sé si me explico, espero hacerlo una vez más, aun sabiendo que, desde el vamos, invitar a pensar sea en vano en medio de las tecnologías diarreicas, las noticias que caen de los aviones caza y explotan levantando un polvo catártico, que no deja pensar demasiado en nada más que poder respirar de nuevo hasta que caiga la próxima. No importa. Pensar siempre será una posibilidad. Aun en medio de una vida de reacciones póstumas.

Tengo las manos heladas. Cada tanto paro de escribir y me las froto, activo la circulación y vuelvo. Pienso: esperar es la maldición de un pueblo. A la vez voy por lo contrario: accionar todo el tiempo, también. Tal vez esos extremos, esperar o accionar, todo el tiempo, sean la forma maníaca en que nos movemos por estos años. Subir y bajar, euforia y depresión. Periodos de adrenalina y de soporífera angustia. Abstinencia y gula. Nos empastillamoscon los medios de comunicación, digo mejor, con las noticias. Y vamos tirando. Hemos inventados cientos de nuevas patologías que aún no tienen nombre. Sí, no es al revés. Primero sucede y luego nominamos. Así funciona la ciencia, el arte y la política.

Un ejemplo: (piense lector y complete el espacio en blanco)

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El pasado pasó…hace rato, y el futuro tardó demasiado. Pierdan el tiempo. No se hagan tiempo. Piérdanlo. Esta ecuación: mirarse hacia atrás diez años. Seguir una línea de puntos, o una serie de tiempo, y destacar lo hecho, lo más relevante. Lo adquirido y lo perdido. Lo que dejamos, lo que encontramos. El movimiento constante de ese cambio.

Una imagen para pensar: alzar una pecera y moverla fuerte por un rato. Des-ubicarse. Meter la cabeza y cazar al pez naranja. Bien. Ya no es naranja. ¿Vieron? Ahora es celeste y blanco. Y es inalcanzable. Vayan por otro. Uno amarillo. Bien…ahí lo tienen, entre sus dientes. Pueden apretar y luego tragar, o tragar directamente. Ustedes vean.