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Opinión

A los que les molesta esa "no cruz", es a los rancios

Evo le entregó a Francisco un símbolo maldito para pensar, reflexiona el columnista Marcelo Padilla.
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La hoz y el martillo sostienen a un Jesús crucificado. No es una cruz tradicional, tampoco una cruz comunista. En todo caso representa otro significado. O múltiples significados. 

Apelemos a la semiótica para interpretar el símbolo, pero encuadremos, construyamos el contexto de su aparición en la diarrea mediática. 

Evo, el Papa, Bolivia, 2015. El Papa es el presidente de los católicos del mundo, un político espiritual que hace política al mando de un Estado chiquito pero con más influencia tal vez que China, al menos, en términos ideológicos y espirituales. 

El Vaticano es un Estado que gobierna la fidelidad del cristianismo en el mundo. Por tanto es un Estado con características trasnacionales. Siempre lo fue. Eso no se discute, o al menos, no lo discuten los mentecatos cerrados en la biósfera católica, ni los nacionalistas católicos acérrimos. 

Para que quede claro, la Iglesia Católica, la que dirige el Vaticano, es universal e internacionalista, tanto como la corriente marxista en sus múltiples versiones: marxista-leninista, trotskista, marxista neo populista. 

Evo Morales y el Papa, ex Bergoglio, en territorio boliviano, donde Rodolfo Kusch dijo alguna vez se condensaba la matriz cultural americana más pura, menos colonizada, más allá de la colonización imperial española, inglesa, norteamericana. 

Allí estaría el sustrato seminal de la cultura que tras 500 años vuelve a la palestra con un Indio presidente y, de sus manos, las culturas postergadas originarias, indias. 

El “viracochismo” (la doctrina de los intelectuales del imperio incaico (los amautas) y el “pachacutismo” (el retorno al gran imperio del Tahuantinsuyo). La pacha donde se recrea la espiritualidad de la América profunda (Kusch).

Una América de varias dimensiones como placas, o sueños que conviven con otros sueños: el que sueña al que sueña la Patria Grande y honda. De donde sale el hedor de América y su barbarie. Donde la matriz de pensamiento es otra, no occidental positivista; en todo caso mezclada con la paganidad del hombre bebiendo luz.

El Papa la visita. Y ya es otro Papa. El Papa que hace política poniendo en valor los movimientos sociales latinoamericanos. Toma, la tradición más rica de la iglesia católica en América Latina, sin decirlo, “la teología de la liberación” versión siglo XXI.

Y en esa cruz, en esa hoz y martillo de madera, está el cristo de los pobres, el trabajador crucificado por el capitalismo vampiro. El campesino masacrado por estancieros dueños de las tierras, el joven estigmatizado por las clases altas, el muerto por la policía, el preso, el loco, la puta, los putos.

La negación es la cruz tradicional. Esa cruz que le da Evo al Papa es una síntesis del marxismo de indias del colorado Ramos.

Una cruz que no es cruz, sino más bien hoz para segar los campos, y martillo para el trabajador, más, sangre derramada de un tipo común que hizo del cristianismo un gran movimiento espiritual pero también político, una de las mayores construcciones políticas sostenidas en la historia por un aparato ideológico material: La Iglesia. 

Una iglesia que jugó a favor de los que van al cielo “all inclusive”. El Papa Francisco dejó su identidad de Bergoglio por un buen tiempo y su vestimenta y sus atuendos le moldean la visión política. A los que les molesta la cruz, esa que no es cruz, es a los rancios. Evo le entregó a Francisco un símbolo maldito para pensar.