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Opinión

Cuando los que viven en la intemperie asomen

¿Qué pasará cuando los que viven en la intemperie asomen y caminen de la periferia hacia el centro para cambiarlo?.
Foto: Nacho Gaffuri / MDZ
Foto: Nacho Gaffuri / MDZ

En este páramo, en este desierto conquistado (según versiones), por los que hicieron grande la provincia (inmigrantes europeos, no criollos, no indios masacrados y expulsados de sus tierras) pareciera que la historia ya estuviera escrita. Algunos dirán que a Mendoza se la reescribe en forma permanente;que los medios lo harían, los historiadores lo harían, los intelectuales la pensarían día a día.

Pero quiero ir por otro atajo. Un atajo que es fisura en las marcas de la tierra quebradiza de los campos. Accidentes en la propia ciudad perfecta y limpia. Ahí, también hay grietas. Grietas materiales en el cemento de las calles y de las construcciones. Calles y edificios hechos por la mano de obra de los laburantes sin voz que en verano y en invierno cargan las bolsas de cemento en sus espaldas. Ciudadanos o parias. Pendejos y pendejas que saborean el amargor de jornadas largas y disfrutes cortos. Sobre la espalda de ellos se erige la provincia maravillosa, sobre las horas de ellos se montan las luces del show letárgico.

Centro culturales, edificios inteligentísimos con tecnologías que vigilan a los de adentro y a los de afuera. Largas avenidas al oeste, otras al este, rutas, barrios enteros con lagunas con patos, cierres perimetrales, ripio, arena. Se discute el precio. Se discuten los gastos. Los presupuestos. Todos proponen y hablan. Esos jornaleros, esas mujeres en las casas limpiándoles la mugre a los que pueden hacer mugre, son nuestra reserva. Y aunque esta democracia los acepte con el voto, solo con el voto, también los desprecia con el silencio.

Ellos comunican rumores con las espaldas gachas, putean con la cintura destrozada, murmullan. Van de sus barrios humildes y dignos a hacer brillar lo que todos queremos ver y sentir: el show de la limpieza, el perfume de los aerosoles. Mendoza elige candidatos y muchos de ellos, los más destacados, no registran a los encorvados. No hay poesía ahí en ese dolor cotidiano. O sí, pero no seremos nosotros, los que no sentimos la tosquedad, quienes podremos erigirnos en sus representantes.

Alguna vez, ellos tendrán a los suyos en donde hoy están los que los contratan. Alguna vez la torta dará vuelta, al menos, para que no quede tan sana y salva, que haya que comerla con las manos, sin tanto glamour de platos y cubiertos. Las propuestas sobre la seguridad o inseguridad son, sin más, contra ellos y nunca a favor de ellos. Mendoza se cubre con un perímetro hecho para que no se filtre el hedor. Bonita provincia para disfrutar. Cara. Dura. Tosca. Por momentos infranqueable a los lamentos. Ya no importa si las soluciones son de izquierda o de derecha, no. Lo que importa es que todos dan soluciones.

Escritos, palabras. Como en este caso, en este texto, que escribo palabras y no represento a nadie. Porque creo que nadie pueda arrogarse la representación si no ha surgido del barro, del dolor, de la intemperie. Cuando los que viven en la intemperie asomen, y dejen sus palas tiradas, y corten los cables de la luces que iluminen la fantasía, y caminen de la periferia hacia el centro. No para visitarlo y consumirlo. Sino para cambiarlo. Ahí sí que tendremos algo de qué hablar en serio.

Hoy hablamos en el aire y desde el aire. Las palabras, muchas veces son macabras. Nos ponemos en el pecho un símbolo. Pero llegamos hasta ahí. Corto alarido. No nos da más el cuero. Porque somos también lo que criticamos. Y sobre todo lo que silenciamos. El silencio es lo que nos asusta. Alguna vez habrá un diario, un libro, un disco que digan todos los silencios de los que nos hemos hecho. Pero eso lo harán los encorvados. Y nosotros deberemos escucharlos.