Opinión
Ni manco ni rengo
El peronismo es el espacio político más democrático de la historia política argentina. Así, como lo leen. Es que la evidencia muchas veces, como la prueba de un crimen, está a la vista y, por efecto de la ideología que “esconde”, como a la prueba de un crimen que no se quiere ver porque se busca primero en los sitios más recónditos, "produce" la inversión de la mirada, la vista desatenta. Los peritos forenses quedan ridículos buscando por días la prueba, se tejen series de televisión en torno a la búsqueda. La búsqueda es el primer hiato ideológico. No ver, no mirar. Solo buscar. La prueba es el muerto mismo. Y no lo ven. Bien. Esto pasa con la distorsión que tienen muchos intelectuales, medios de comunicación, periodistas y una parte importante de la sociedad, respecto del peronismo. Buscan democracia, como los forenses la prueba, donde no la hay. Y esa búsqueda ideológica y práctica a la vez, se hace en nombre de la democracia, la república y la libertad. Justamente el discurso que ejercita el que no ve que lo que busca está ahí. En este caso, el peronismo.
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La democracia de la distorsión forense cree en el fondo que solo los sectores con criterio, educación burguesa y cultura de elite pueden imponer el concepto de democracia. Y, como no hay una democracia sino varias formas de concebirla, terminan haciendo yunta con el discurso autoritario: “democracia es esto”. Y punto. El peronismo, a diferencia de “los otros”, incorpora en su democracia a la barbarie. Cuando digo “barbarie” me refiero a las distintas fracciones sociales y culturales que en la historia fueron postergadas por “los otros” y que el peronismo incorporó a través del voto femenino, leyes laborales, industria nacional, vacaciones, jubilaciones, estatizaciones, paritarias, planes sociales, entretenimiento, cultura popular, desarrollo cinematográfico, uso social de los espacios públicos, acceso a la salud y educación gratuitas, matrimonio igualitario, etc., etc., etc. La barbarie se incorpora a través del peronismo pero a su vez, y aquí me recuesto en lo democrático del peronismo, incorpora a los sectores medios, produce sectores medios, los fabrica, genera burguesía nacional, dialoga con los capitales concentrados, los enfrenta, los hace hocicar a veces o, según la correlación de fuerzas sociales, se rinde a ellos.
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En definitiva, el peronismo, no el PJ, sino el peronismo como espacio móvil, no fijo, nómade y rizomático, abre el juego. Incorpora radicales, intransigentes, comunistas, conservadores, liberales, católicos, evangélicos, ateos, lisiados, deportistas… y bascula. Siempre bascula. Esa es su principal característica, su fuerte, y a la vez su contradicción raigal: arbitrar los intereses de las clases sociales dentro de un movimiento cuasi religioso que va por dentro. El peronismo va por dentro. Y no siempre se nota. Como a los tipos y tipas que son callados y siempre se llaman a silencio. Esa peregrinación peronista va por dentro también. Es decir, el peronismo es democrático, vertical, horizontal, diagonal, oblicuo, sentimental, y por supuesto, cómo no decirlo a esta altura de lo expuesto, contradictorio. En el seno del peronismo actual, con Cristina a la cabeza, hay una serie de cabecitas que se esfuerzan por levantar los talones para mostrarse y ser vistos. Son los candidatos. Se levantan de a muchos, porque hay que decirlo, candidatos en el peronismo, hay miles. Buenos y malos, mejores y peores. Pero sobran.
Y, como Cristina no juega un pleno a ninguno, abajo están como viejas cuchicheando, hablando mal de tal y de cual. Que éste representa más el proyecto, que aquél es un traica, que si gana tal habrá un retroceso, que se yo y que se yo y que tal pascual. Se dice la consigna pero no se practica: el candidato es el proyecto. Y el proyecto, lo voy a decir así, sin asco, “es el peronismo en el poder” y punto. Porque dada la recuperación en estos últimos doce años de kirchnerismo, aquí no puede haber vuelta atrás a menos que saquen los tanques. Y si los sacaran (algo improbable) millones saldrían a defender las conquistas de este periodo. Entonces, las costillas, que hoy se cuentan con la obscenidad de un voyeur frente a un telescopio apuntando a un departamento con mujer desnuda, son costillas del mismo costillar. Y al costillar, a la vaca, nos la comemos todos, los peronistas y “los otros”, porque encima, somos generosos.

