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Opinión

Santoro pone en jaque al radicalismo

"Leandro Santoro pertenece a un sector del radicalismo que no se rompe", analiza Padilla en su columna.

La designación de Leandro Santoro como compañero de fórmula de Mariano Recalde para competir por la jefatura de la CABA, pareciera, si lo vemos como provincianos huraños, algo que no debería importarnos. “Es un tema de los porteños”, podríamos decir, y dar vuelta la página para seguir mirando noticias policiales locales o la oferta de espectáculos para el fin de semana mendocino. Pero no, no es así de simple. Dar vuelta la hoja sería negar un hecho político que tiene dimensiones nacionales dado el año electoral.

Leandro Santoro pertenece a un sector del radicalismo que no se rompe. Se define alfonsinista y democrático popular. Rechaza: la decisión de la UCR que entregó al partido, y a sus principios históricos, a una causa que no les pertenece -la causa de los neoliberales-, la alianza con el PRO de Mauricio Macri. Esa causa, es la causa del establishment. La de la oposición rabiosa que se junta por odio y espanto –y muchísimo temor- ante la seria posibilidad de triunfo del FPV en la generales presidenciales. Santoro es un muchacho joven que acompaña una fórmula en la CABA y, a fuerza de ser sinceros, lo más probable es que no se imponga a Rodríguez Larreta (el indiscutible representante de esa causa prestada a la UCR).

Pero lo que ocurre en Buenos Aires, en Capital Federal, en Misiones, Catamarca o San Juan, se nacionaliza por estos días. Son efectos radiactivos que emanan señales. Por supuesto que las dimensiones son diferentes. Pero a la medida de cada resultado en una provincia, el ganador contagia a otros y, sobre todo, a los medios de comunicación. En este caso, cuando gana esa Alianza Radical-PRO, en alguna provincia, -lo hemos visto ya en las tapas de Clarín y La Nación- se habla de aplastante triunfo.

Sabemos que no es así. Ya pasó en Mendoza cuando Cornejo habló a las 21 hs de ese domingo paródico anunciando su contundente victoria, estableciendo un enlace simbiótico con la tapa de Clarín al otro día. Sabemos cómo funciona esto de imponer tapas. Entonces, para volver al tema. La designación de Santoro tiene dimensión nacional y a mi juicio viene a poner enjaque al radicalismo. Especialmente a sus bases juveniles. El descontento al interior del partido de Alem e Yrigoyen, se sabe, existe. Hay miles de jóvenes que no pueden tragar todavía ese escuerzo indigerible: acompañar a Macri, para los miles de jóvenes radicales en el país, es acompañar el ajuste, la reducción del gasto público en educación, la elitización de la cultura, entre otras ideas que rondan en ese espacio. Y justamente, contra esas medidas, los radicales con conciencia popular, se han opuesto históricamente.

Digámoslo así: el radicalismo actual se alvearizó frente a su propia tradición popular uniéndose a los sectores de la derecha argentina, hoy maquillada de gestión republicana. Es, estableciendo una comparación con el peronismo, una menemización del radicalismo. Por eso el efecto Santoro viene a jugar un rol importante, transformándose en referencia y diablito para la almohada de miles de radicales que rumian y rumian con angustia el acuerdo de la cúpula.

Una buena oportunidad para pensar. Una buena ocasión para que esa angustia de los que no quieren claudicar a las causas históricas populares de la UCR, canalicen por Santoro, por lo que significa y representa Santoro hoy, sus deseos de construir un modelo de país a la medida de su ideario.

¿Cómo hacerlo, si Santoro es porteño? Pues bien muchachos y muchachas, organizándose. Discutiéndole a quienes los olvidaron, escribiendo declaraciones de descontento, formando un sector rebelde, estableciendo contacto con los sectores del kirchnerismo más abierto a la transversalidad política. Porque claro, si pasa en Capital Federal, acá, ¿cómo hacerlo?

Pues bien, en principio, rebeldía.