Opinión
La única verdad es el caos
Si “la única verdad es la realidad”, pues veamos ¡cuál es la realidad!, agregaría, a la frase del General. La realidad social, política, cultural, económica, espiritual de un país es, antes que nada, a los ojos de cualquiera, sin rigor analítico previo, “un todo caótico”, diría un tal Marx. La realidad es caótica per se. Vivimos en lo caótico. Nuestra cotidianeidad es caótica. El término “caos” tiene dos acepciones: una, del orden de lo filosófico, remite al “desorden y a la confusión”. Y la segunda, de carácter físico, concibe al caos como “estado originario y confuso de la materia que se supone anterior a la ordenación del universo”. Las dos son complementarias en tanto un “estado originario y confuso” (desorden y confusión) llevan al ordenamiento posterior de mundo.
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Es desde las cosmovisiones del mundo como ordenamos ese “desorden y confusión”. Desde las teorizaciones y estructuras mentales que construimos como especie. Caos. La palabra “caos” genera una cadena de confusiones mentales y sobre todo inseguridad del hombre ante el universo y la naturaleza. Un significante omnipresente. Inseguridad de sí, y miedo al otro. Miedo al hombre. Esa es la base para la construcción de la cultura, en sentido amplio desplegado, como un mapa antiguo que busca tesoros escondidos.
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No aceptamos el caos. En un momento fue la religión univoca que ordenaba el mundo y lo clasificaba. Lo explicaba. Era una forma de “ordenar” el “desorden” feudal. Y en el capitalismo, en su proceso de laicización que llevó a la religión a un sector delimitado sacándola del centro explicativo del mundo, se generó la fe en la ciencia y el progreso. Otra forma de religión si se quiere. Pero aun así, ordenados los mundos caóticos por las superestructuras religiosas y científicas, lo que no podemos negar es la real existencia del caos.
Cuando crujen las formas y las leyendas míticas, viene el temblor y del temblor, el miedo en ciernes. El caos genera además angustia existencial. Por eso nos ordenamos con hábitos y construimos paraísos terrenales según las clases sociales. No hay cielo. Hay solamente tierra vapuleada. Y debajo de la tierra, cientos de millones de muertos. Cementerios que homenajean algunas muertes con nombres y apellidos y camposantos de anónimos, mares de ahogados por cruzar de un pedazo de tierra a otro.
La conservación es la primera reacción de la especie. Por eso somos conservadores. Construimos museos, declaramos zonas intocables “para preservar”. Es una forma de cuidarnos y de sobrevivir. Lugares donde se estudia y se sale estudiado. Baños donde se entra sucio y se sale limpio. Supermercados donde se entra sin nada y se sale con carros con alimentos (y objetos sin sentido). Se entra y se sale. En el caos se entra y se sale permanentemente. Como un enfermo entra a un hospital, se lo interna y se lo saca operado, “curado”.
Creamos instituciones. Frente al inevitable caos inventamos instituciones. Edificamos iglesias de diversas religiones. Entramos confusos y “salimos ordenados”. No podemos aceptar el caos. No podemos aceptar una literatura que hable del caos porque genera inseguridad y no vende. Lo que vende es el orden. Las explicaciones procesadas, los mensajes sin cifra. La claridad. Lo que calma. Los placebos cotidianos. Las escuelas, las cárceles. Los medios de comunicación que “caotizan en apariencia” la realidad y lo que están ofreciendo es un consuelo. Los medios consuelan. Las telenovelas, los entretenimientos sostienen la fantasía de vivir en un “orden”.
La ciudad es gobernada con represión simbólica, con prohibiciones. No pisar, no manifestar, no jugar. Los modelos políticos apuntan a ofrecer propuestas conservadoras. Y eso mete más miedo aún. Por las dudas, no pisar. “Cuidado delincuentes”, “cuidado músicos callejeros”. Cuidado. “Prohibido dar alimentos a los animales”. No fumar. No exhibir sexualidades. Toda una iconósfera de conservaciones y prohibiciones. Y todo, paradójicamente, en nombre de la libertad.