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Opinión

Guaymallén o el peronismo en chancletas

Marcelo Padilla se vuelve a meter con el peronismo y lo hace en terreno caliente: el municipio en donde un peronista acusa a otro de fraude.

 Cuando se habla de religión o de religiosidad, de Iglesia o espiritualidad, solemos caer en el lugar común, de atribuir una fe a una serie de mandamientos institucionalizados (más allá de la religión o rama de esa religión se trate). Una persona religiosa es una persona de fe. Y punto. La religión es un dispositivo antropológico que inventamos los humanos como especie, para sobrevivir a la angustia. La otra es aceptar el vacío existencial y darle sentido a cada levantar. Cada mañana, una por vez, como reza el adicto que pelea la diaria en abstinencia. O un mix, propio de los llamados intelectuales: terapia y culto a…un autor literario, un estilo musical, una moda, un look o una llamarada de ira ideológica, etc.


Ustedes lo saben: soy peronista. Lo digo y lo asumo. Y ya, a esta altura del asunto, pedirme objetividad es una pérdida de tiempo. Hay algunos que ocultan su corazoncito, hay otros que ni siquiera lo tienen. Todos, en cierta medida,convivimos en esa pléyade. A mí me hizo peronista mi abuela sin que yo me diera cuenta. De niño, sus leyendas, que no siempre hablaban de Perón y Evita, eran, por su condición, peronistas. Porque para ser peronista no hacen falta la vehemencia del relato partidario ni la biblioteca. Son soportes. En la Argentina, el país del fin del mundo, se es peronista como negación. Porque el peronismo nació como negación a la afirmación de la luminosidad del progreso que solo hizo progresar a unos pocos. Entonces, desde una posición de desclasamiento subalterna, las grandes mayorías se hicieron peronistas porque “se sintieron”. Se sintieron una gran familia de parias sociales a quienes prostituyeron y humillaron las clases dominantes. El patrón se cojia a la empleada, literalmente. El patrón no le pagaba un salario al hombre trabajador sino que le trocaba mano de obra esclava por víveres. Venimos, entonces, de la hediondez.

El peronismo nace de esa prostitución organizada de las clases dominantes en la Argentina. Y fueron, los peronistas, por tanto, unos hijos de puta. Hijos de puta que, para reparar el sometimiento,construyeron su religión, su espiritualidad, en los márgenes de la oficialidad de la Iglesia católica. De ahí, en esa mixtura, en esa hibridación de subalternidad, el peronismo siempre reunió aspectos paganos y oficiales en términos espirituales. De ahí, también su potencial cultural revolucionario. Al cielo van los ricos porque tienen sus parcelas aéreas compradas, tienen muertos con identidad en diarios oligárquicos, en los obituarios. Los pobres se ganan el cielo luchando en la tierra, nuestro infierno existencial. En el campo y en la ciudad. Pero como el peronismo no es una ideología coherente como la de los que adhieren a una racionalidad pura y positiva, los peronistas siempre hemos necesitado de aspectos simbólicos, místicos, para seguir viviendo y no caer a los consultorios lacanianos de la pequeña y alta burguesía.

Arriesgo: el peronismo es una forma de sanación chamánica.

Pero vamos a los detalles. No hay un solo peronismo. Mal que les pese a los que lo desprecian, hay muchos. De todos los gustos y para casi todas la clases sociales. Y hay estilos de hacer peronismo, además. Y aquí voy al punto central de la presente nota.

El sábado al mediodía participé de una liturgia. Fue en el Barrio Santa Elvira, un barrio humilde de Guaymallén. El encuentro se realizó en un Club, frente a una plaza y bajo un sol otoñal envidiable para los noruegos. Ahí se juntaron los partidarios del “Pelado” Alejandro Abraham a comer unos choris y fortalecer el espíritu luego del inmenso laburo electoral en las PASO del domingo pasado. Como todos sabemos, en Guaymallén, el peronismo fue dividido en tres pero se polarizó en dos: Lobos (actual intendente) y Abraham (actual diputado nacional por el FPV y ex intendente). El resultado de las PASO quedó clavado en lo que arrojó el escrutinio hasta el 90% de las mesas chequeadas. La diferencia hasta ahí es de 800 votos a favor de Lobos. Pero resulta que hubo irregularidades detectadas por fiscales de Abraham en muchas escuelas. Y, como la cosa venía cabeza a cabeza (entre dos pelados) “el turco” denunció a la Junta electoral tales irregularidades. Ahora está en manos de la justicia electoral y de la política, en última instancia, la resolución de quién encabezará la pelea por el municipio en junio. No es un tema menor. Porque Lobos tiene el aparato municipal, y Abraham la militancia. Y a Lobos, no lo quiere casi nadie en Guaymallén. Un problema para el peronismo de cara a las elecciones del 21 de junio.


Bien, eso, en términos legales y políticos, si se quiere. Sin embargo, lo que me interesa resaltar es otra cosa. Por eso vuelvo a la mañana y siesta del sábado pasado. Sobre el embaldosado del Club Juventud Liberal del Barrio Santa Elvira se desplegaban mesones con sillas de plástico. Una media sombra que amortiguaba al sol y un escenario bajo, con una bandera de fondo desteñida que rezaba: MILITANCIA SOCIAL. El almuerzo arrancó con un saludo del “Pelado” Abraham, sin aspavientos: pidió cantarle el feliz cumpleaños a una militante de uno de los barrios de Guaymallén, allí presente. Y eso hicimos todos, cantarle el feliz cumpleaños a la mujer. Después, un tipo canoso de unos 50 años más o menos, gordito, agarró el micrófono y cantó canciones de Sandro y de Marco Antonio Solís. Todos masticábamos el chori. Era el comienzo de una fiesta que iba tener los condimentos que no tuvieron los choris: emoción, nudos en la garganta, algunas lágrimas y alegría; entusiasmo por la faena de cientos de militantes que patearon el departamento más poblado de Mendoza de punta a punta. No militantes de ocasión que “van” a los barrios para las elecciones, sino militantes que “viven” en los barrios que caminaron. Y ahí está la diferencia de “los peronismos” de los que se compone “El peronismo”.

“Militancia social”, la agrupación organizadora del festejo, tiene a un líder de excepción, misterioso por momentos: el “Rafa” Moyano, ataviado con una gorra verde militar y unas gafas que jamás se sacó. Pantalón de yin y una remera negra de la agrupación que, en el pecho, luce un estampado del rostro de Perón y un grito: ¡Viva Perón Carajo!, y en la espalda el nombre de la banda: Militancia Social. El Rafa navegaba por entre los mesones, y todos y todas lo tocaban con cariño, hasta los niños y niñas. La imagen que proyectaba era la de un Subcomandante Marcos con identidad y sin pipa. Pocas veces he visto ese tipo de liderazgo.

Pasaron por el escenario, viejos militantes montoneros. Ancianos, de 85 años, que vertieron emotivas palabras, en chancletas. Pibes que fueron fiscales en las elecciones, gordos y gordas que hablaron un lenguaje extraño para los letrados progresistas. Mujeres militantes de los barrios, especies de arañas tejedoras del territorio. Chicas con dificultades de motricidad corporal que dijeron lo suyo, reivindicando la política como la herramienta por excelencia de transformación. Detenidos en la dictadura y sobrevivientes. Gente sana. Mentalmente sana y generosa. Diría, inigualables y honestos, en comparación a los actos políticos que vemos en la tele donde todo es fanfarria de fantasía. Me dio vergüenza por mi condición pequeñoburguesa, y, a la vez, emoción de ser parte, de “estar siendo” parte. Ahí no había gente rentada. Allí la gente iba a curarse con su paganismo chamánico peronista en una liturgia del fin del mundo, étnica si quieren. No derrotados, no tristes, no convalecientes. Estoicos.

Era una tropa de espartanos peronistas de Guaymallén, porque habremos sido 300 personas, justamente, las que estuvimos allí. Gente de barrio, sin soberbia, sin tablets, sin perfumes. Leña, humo, fuego convocante al ritual. Ancestralmente curativo. Ese tipo de gente que milita por la vida, desde el peronismo, por mejorar las condiciones de vida de su comunidad. De su aldea, salvando al mundo, también.

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