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Opinión

Padilla: "El suicidio inducido de las clases medias"

El columnista de MDZ y un análisis de los logros en materia económica del Gobierno nacional.

Cada vez que en la argentina un gobierno se animó a discutir la distribución de la renta nacional, e impulsó: políticas activas en la economía (empleo + consumo + mejoramiento de la calidad de vida), democratizando espacios culturales, achicando la brecha de desigualdad y generando mayor acceso de los que menos tienen a bienes y servicios antes vedados, e intenta además descentralizar el monopolio de los medios de comunicación para democratizar la palabra, la mirada y las imágenes… se lo tildó de autoritario. Es una fija. En Argentina y en Latinoamérica funcionó y funciona así.

El aumento del gasto público, para el pensamiento neoliberal (hoy representado por la oposición política y mediática) es sinónimo de derroche, de paternalismo y de demagogia. Y lo particular que genera la difusión de ese pensamiento es la adhesión de muchos beneficiados por las políticas activas cuestionadas por dicho pensamiento. ¿Una contradicción?....sí, es una contradicción de clase propia del capitalismo, especialmente en los países periféricos.

Resulta que el Estado Nacional Argentino actualrevive la movilidad social masacrada por gobiernos que ajustaron la economía en otras décadas empobreciendo aún más a los pobres, y a las amplias capas medias -al amparo de los dictados de los organismos internacionales de crédito que bajaron plata y planes: económicos, educativos, culturales, sociales-; y estas mismas capas medias, ayer “nuevos pobres”, hoy beneficiarios de los planes del gobierno, salen a criticar esas políticas enganchándose a la difusión del pensamiento neoliberal a través de los medios y de la oposición política que otrora las empobreciera.

¿Una contradicción?... sí, es una contradicción propia de las clases medias pero también de los sectores que mejoran su vida material y espiritual. Me refiero a los que estaban desplazados del mercado laboral y hoy tienen un trabajo, mejor o peor pago pero trabajo al fin, integrados al circuito. Estos sectores antes excluidos de todo, también reclaman por mejorar su situación y avanzar hacia arriba de la pirámide social. Es una lógica capitalista:producir obreros, producir pequeños y medianos empresarios, genera más demanda de derechos y mayor participación en la repartija de la renta nacional. Bien… dicho así, resumidamente, funcionamos como sociedad.

El tema es el siguiente: hay una necesidad real de mayor mejoramiento. De aumentar los salarios, entre otras demandas genuinas. Pero de ahí a engancharse con el pensamiento difusor del neoliberalismo que encarna la oposición política hoy en el país, no es solo una contradicción, es –lisa y llanamente- un suicidio inducido. Es la pulsión de muerte de la sociedad insatisfecha de las grandes ciudades que se impone. Porque las ciudades por su naturaleza yoica producen insatisfacción y queja. No solo demandas, sino queja, berrinches de clases urbanas que viven en el entramado complejo y contradictorio de su existencialidad como sujetos de masas informes. Por eso se vuelven reaccionarias las sociedades urbanas. Por esa latencia de autoboicot permanente, por esa vibra angustiante que significa “estar” en la ciudad al calor del hormigueo claustrofóbico.

Ese “estar” en la ciudad es la mala siembra del capitalismo y sus fantasías virtuales. La hiperconexión en pleno aislamiento. La ira del “civilizado”. Los brotes esquizoides de “los normales”. Pero esto ya no implica a un gobierno, esto implica a un sistema filosófico del pensar. En las ciudades quejosas pululan las tribus, salvajes metropolitanos que buscan su sentido en la evaporación del mundo del sentido.

Voy a realizar una afirmación polémica que espero sirva para pensar: las ciudades no tiene sentido. La naturaleza del entramado de las ciudades radica en la ausencia de sentido. Malestar. Malestar y autoboicot cuando las mismas entran en una pulseada por el cambio. En las ciudades no está lo nuevo. Solo en apariencia está lo nuevo: la moda, las vanguardias, lo último del mercado. En las ciudades se muere sin sentido. Sin espiritualidad. Y en la imposibilidad de esta aceptación rechazan al otro, al distinto, al diferente, al cambio, a la transformación. Y esas clases excluidas ayer, hoy favorecidas relativamente, terminan recluyéndose en el paraíso de la fantasía neoliberal. Entonces, la contradicción es también fantasía o espiritualidad. No hablo de religiones. Hablo de otra cosa.