Opinión
La macrimanía de los desmemoriados
Ayyy... ¡qué país éste!… ¡cómo duele este país! Duele por todos lados. Duele de punta a punta como una fiebre de más de 40 grados. Hay olas y olas y más olas. El mar está bravío y las olas son carnadas que se chocan y se juntan y dan vuelta los botes de los pescadores pobres. Las olas son el indicador del ánimo del mar y, sus movimientos contradictorios, erráticos por momentos, postales de la coyuntura del mar. Las olas siempre fueron azules, celestes brumosas, con espuma blanca, según la hora del sol, puede que verdes también, pero nunca naranjas, jamás amarillas. Pero así están, alocadamente confusas, emborrachadas de colores de fuego. ¿Qué le han hecho al mar?La ola naranja pica en punta en el verano, Scioli se instala, lentamente, solido, como un candidato irrefrenable. La ola naranja sube y sube y se come lentamente a las olas chicas, a las siempre azules. Es el mar con sus frases ventisqueras. La ola naranja fortalecida frente a las azules.
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Frente a la ola naranja de Scioli, la macrimanía de los desmemoriados. Una ola patológica que tiene más que ver con la salud mental de los argentinos. No proviene del mar, proviene del hastío de las ciudades, conduce humores densos en las atestadas urbes y desparrama su contaminante brillo a oro en los pueblos. ¿Cómo es que Macri ha logrado todo esto… ser el referente de la oposición política argentina? Buena parte de la explicación tiene que ver con el oficialismo que construyó a Macri como adversario. Un adversario claramente definido en sus posiciones, bien contrastadas con el ánimo popular. Pero no se tuvo en cuenta tal vez, que había un radicalismo camaleónico que mutaba en sus colores, se mezclaba y mimetizaba en la selva urbana y en los campos. Rojo y amarillo, mezclados dan naranja.
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¡Qué rara coincidencia esta de los colores de las olas como carnadas en el mar!... en el mar bravío de la Patria.
El radicalismo era un partido que defendió causas nobles, no populares en el sentido abarcativo del término “populares”, pero al menos causas democratizadoras para los sectores medios, que irradiaban a los sectores populares. La educación gratuita y laica, el equilibrio de poderes, la ética como valor moral. Causas nobles. Entre otras que les tocó arriar. Pero así como la vorágine naranja de las olas se impone sobre las pequeñas, y dan vuelta los botecitos, la macrimanía patológica crecida como peste en las encuestas, se instala como depósito del vómito.¿Qué imaginó el gobierno nacional? Que construía en Macri a un candidato fácil de derrotar. Y en esa construcción, el aislamiento de la oposición política y la fragmentación. Unos por aquí, Unen por allá, la izquierda por otro. El tema creo es que no contaban con la posición camaleónica del radicalismo que se ha rendido a los pies de la peste amarilla.
Sí, el radicalismo simbiotiza con la macrimanía. Ha sido uno de sus propulsores, la ha fogoneado por las catacumbas para que se filtre en todas las ciudades. Y ahí está el éxito de los armadores sin escrúpulos que han hecho un buen trabajo de quirófano. Macri es hoy el referente con una base de apoyo importante. El radicalismo hace puente para que la electricidad conduzca y de arranque al motor. Y no es que Macri, Mauricio Macri, sea el gran seductor, el asesino de los perfumes encantadores que anestesian a la plebe. Será en todo caso el catalizador de los humores densos de la plebe. Al menos de una parte importante en el país. Y los medios de comunicación de la peste amarilla que, posición tomada mediante, hacen bullir las sangres, hinchar la venas de la ira, poniendo como estandarte a Mauricio amarillo y camaleones radicales.
Un tarzán con sus camaleones para dominar la selva del mercado que imaginan, frente a un Estado que hoy gobierna la selva. Y en la selva, nos lo han mostrado las películas, no hay ley, no hay armonía. En la selva se salva quien puede, y es la ley del más fuerte en todos los planos de la vitalidad, que se impone. Quieren un mar naranja y una selva sin ley con un tarzán rodeado de camaleones. Y que el equilibrio de los ecosistemas se rompa por antropofagia contra las poblaciones inocentes incontaminadas. Y que los animales se coman y se arrastren. Que gobierne la ley de la selva de las películas donde no hay un control ni una norma que haga convivir a los diferentes en la diversidad maravillosa de los pulmones verdes. Y dejar el mar a su antojo de cataclismos. Que se anaranje, que las olas se choquen bravías y que golpeen sobre la selva para olvidarlo todo después de la catástrofe que proponen. Que se inunde de esa peste para que queden solamente con vida los desmemoriados.