Opinión
Somos la barbarie
Los modernos nos tratan de feudales. Somos siervos de la gleba que damos vuelta el orden simbólicamente en las plazas públicas hediondas. Uno hace de rey y otra de reina, de mentiras. Somos la barbarie travestida acusada y sostenida por una fuerza centrípeta. Los modernos nos culpan. Ellos, han erigido un poder que dice cómo son las cosas, las buenas y las malas. Nosotros estamos en el plano de las malas. En los pliegues, satanizados por el derroche, mugrientos de barro y sin agua.
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Los modernos nos miran desde las torres, nos vigilan y nos controlan. Castigados y sentenciados a cadena perpetua, algunos de los modernos terminan siendo más feudales. Porque el feudalismo es un modo de producción social, político, económico y cultural que tiene para sí las tierras de Balbo, los medios de comunicación y la moral de los jueces. Son híbridamente feudales y modernos. Para nosotros: el cadalso y el verdugo. Nos ponen en la picota y la plebe se tapa los ojos. La cabeza lista para trozar. El verdugo moderno usa un casco y apenas puede ver entre las vendas. La cabeza cae, rueda y la plebe observa.
Los modernos fomentan el morbo y nos mandan a las aldeas. Luego pasan a cobrar el diezmo. Los serviles no creemos en ese orden divino porque tenemos nuestras propias divinidades. En el territorio de lo simbólico disputamos su ciencia con nuestros dioses paganos. Para nosotros Dionisio, para ellos: la fe en razón. En una de las aldeas vive un maldoror americano que escribe por las noches. Nuestro analfabetismo está hecho a la medida de los modernos, pero si, llegado el caso nos rebelamos, vamos a juicio.
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El molinero descree de dios porque ve cómo las aspas se mueven con el viento y su mecánica. Acusado, lo mandan al cadalso. Le cortan los brazos y las piernas, la cabeza y queda el torso chorreando. Somos una barbarie con lenguaje propio esperando la asonada. Buscamos por las noches a los monstruos porque el miedo impuesto por los modernos nos invita a hacer justicia. Palas, rastrillos, troncos encendidos. El día nos encuentra en la siembra encorvados con la cabeza gacha, pensando. Los modernos se han comido una etapa, la han salteado y ahora son los que manejan las tecnologías de control. Nosotros mutamos.
Vamos subterráneamente por las catacumbas de la historia uniendo pueblos. La unidad se hace por debajo del mundo, bajo tierra. Hemos logrado algunas cosas en nuestra búsqueda: el acopio de alimentos, armas para la lucha, ropajes para los inviernos en las noches blancas. La categoría, la nobleza, la aristocracia y la etiqueta los distraen en las bacanales. El tiempo es una abstracción y los modernos lo saben; sin embargo, cuentan las horas. La barbarie se maneja cuando el sol asoma o cuando se pone en el oriente. El reloj es su gran enemigo, el tiempo, esa brutalidad blindada.
Estamos siendo pueblos unidos por los túneles. Y gobernamos por abajo. Tenemos nuestras religiones y nuestros líderes. Hemos llegado a unos piletones que se forman con las filtraciones de la rocas. Agua tenemos. Vivimos en paralelo. La ciudad está en abocada al diseño, pensando sus trazas, organizando sus residencias. Nosotros ya hemos renunciado. Vamos por abajo serpenteando, descreídos de sus dioses, a conquistar el infierno.
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