Opinión
El ajuste, los medios y el silencio del pobre
Ajustar es el verbo y la propuesta. El núcleo del discurso es el ajuste en todos los candidatos de la oposición. Saquemos de la bolsa a la izquierda troska que no quiere ajustar, los troskos apuntan a otra cosa. En todo caso la izquierda solo se dirige a los obreros, a las mujeres y a los jóvenes. Esa es su estrategia de campaña porque saben que allí cosechan. Legítimo. Han sabido leer dónde está la incomodidad de esos sectores con el peronismo. Pero los demás, quieren ajustar.
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¿Qué significa ajustar en estos tiempos? Empezaremos diciendo que la gente que se inclina por la oposición tiene su bronca. Algunos bien fundada pero la gran mayoría sin funda, porque en estos años les ha ido bien en términos generales y, de la mano de su crecimiento, han sido interpelados por el miedo. El miedo a los sectores que han recuperado cierta dignidad mediante el empleo, el aumento de sus salarios, o la aparición en la escena pública política. Eso es lo que se ve pero no lo que se siente en los sectores que les temen. Les temen porque creen que la barbarie popular anida en su vientre el alien de la inseguridad, el narcotráfico, el consumo de drogas que los lleva a robarles sus bienes. Ven lo que quieren ver y sienten lo que les hacen sentir los medios presentando a la gente humilde como salvajes que resuelven su vida a los tiros o en puebladas incendiando un pueblo entero para hacer justicia. Lo ven en la tele una y otra vez, y les temen.
La oligarquía desprecia toda intervención y presencia creciente del Estado, eso se sabe: resta capacidad de maniobra. Prefieren al Estado chiquito, así pueden ellos dominarlo y hacerlo jugar a su favor y crear las condiciones para los negocios en todos los rubros donde hoy el Estado asiste: la salud, la educación, la cultura. Además, el peso. La plata nuestra como peso. Ellos quieren y prefieren los dólares porque así pueden ir y venir con sus necesidades. Insumos y Miami. Eso sería para la oligarquía una economía libre. Ya la vivimos, no hay nada nuevo en la propuesta de la oligarquía. Son los de siempre regenerados por el tiempo que pasa para todos. Los intereses de clase quedan. Y siempre encuentran representantes.
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Los sectores medios recuperados de la eclosión del 2001 son los más afectados. ¿Por qué digo esto? Porque si bien es cierto que han mejorado sus condiciones de vida, también sienten la merma de la economía cuando hay crisis externas e internas. En los sectores de la clase media alta, media y baja, estas fluctuaciones, se notan en la diaria. El comercio, el empresario con cien empleados, el empleado público. Y, ante la mínima fluctuación, viéndose afectados sus ordenamientos domésticos, sus debes y sus haberes, sufren el espasmo lógico: no llegan a fin de mes, no pueden bancar su empresa, empiezan a endeudarse, posponen planes de crecimiento. La incertidumbre se los devora, peregrinan la bronca, se enferman, se rivotrilizan, se ponen violentos. No salen a robar. Se quedan a comprar el discurso del ajuste en los televisores y en la radio. Allí encuentran su identificación como clase incomprendida. Porque los medios“median”, son lo masivo, la media, la voz de la clase media. Y ahí están los periodistas que les tiran alfalfa y afrecho, para alimentar la bronca que los deja más calmos. Los medios vendrían a ser un placebo para las clases medias incomprendidas. Son los que les permiten justificar el odio. Son los que les ordenan las ideas. Y, si encima los medios en su mayoría, juegan a favor del orden que propone la oposición, las cosas empiezan a cerrar, las cuentas simbólicas al menos, cierran.
Los sectores más bajos, están ahí, en sus vidas cotidianas, cuidando lo conquistado a su manera. Una forma de cuidar lo conquistado es mediante el voto al oficialismo. Pero no todo queda ahí. También hacen algo que no hacen los demás sectores: silencio. Más allá de movilizarse y participar, en general, la gente sencilla y humilde, en el campo, en las periferias de las ciudades, hace silencio. Escucha claro, las barbaridades que los nominan. No discuten en los almacenes. Se callan y hacen silencio. Guardan para sí un silencio cuidado y espiritual. Un poder incontrolable. Trabajan, comen, viven, como pueden. En silencio. Y nadie repara en ese silencio. O mejor, no se lo entiende. Se lo traduce como mudez del desinformado, del que no tiene educación y vota por ese trueque maldito que proponen, según los opositores, los gobiernos populares. El asistencialismo, el paternalismo, la compra del alma. Los gobiernos populares serían el diablo que les compra el alma a los pobres a cambio de un pedazo de pan. Y esto no es así. El Estado está para estar presente, entiendan por favor el juego de palabras, estar y no deber ser. El Estado presente los protege porque el silencio de los más humildes es el vehículo que utilizan para pensar y entender que ellos son el Estado. Sus cuerpos. Sus brazos, músculos, puestos a funcionar para motorizar la economía. Los que levantan casas, los que recogen la siembra, los que trabajan en la industria, las empleadas mal llamadas domésticas, los que hacen calles, los que cavan pozos, los que encuentran agua, los que reparten. Los más humildes reparten. En las buenas y en las malas reparten. Son el Estado de un “estar siendo” como comunidad. Les pasan las peores tragedias, los llenan de paco, los allanan, los muestran en la tele como salvajes, los decapitan en las charlas íntimas, los tratan de incultos, les tienen lástima, les arman una fundación para ayudarlos, los cercan, los alambran, los dejan ahí, en su silencio atronador, que es subterráneo. Los ajustan. Les ponen un cinturón y los ahorcan en las comisarías. Los ajustan los ajustadores de cuentas. Los amontonan.
Eso es lo que intentan hacer los que quieren ajustar. Sin embargo, al menos por ahora, no pueden. Yo apuesto a ese silencio. Le pongo un pleno al silencio que es sanador en medio de la tormenta. Silencio comprometido, silencio repartido. Y después, la lluvia.

