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Opinión

La columna de Padilla: "Nublaciones"

"Son mis ojos los que aumentan la temperatura cuando hago foco en la sopa. Y el barco quieto, ladeado levemente hacia la izquierda".

Miro por la ventana como se mira a un espejo viudo que refleja a un barco lejano ladeado sobre un plato. El barco está quieto (torcido hacia la izquierda) y la sopa del plato hierve. Son mis ojos los que aumentan la temperatura cuando hago foco en la sopa. Y el barco quieto, ladeado levemente hacia la izquierda. La matriz de mi forma de mirar es producto de una intervención quirúrgica. Estoy a prueba según el médico (eso me cuenta la enfermera mirándome a través del espejo). Miro por la ventana como se mira a un espejo que refleja un barco lejano. Única posibilidad, según el médico. Sin embargo, he comprobado en la noche, cuando la oscuridad conspira el silencio de las sombras, que la matriz de mi forma de mirar emite nublaciones. Veo por la ventana como se mira a un espejo que refleja un barco lejano ladeado con sombras. El plato y la sopa desaparecen. Quedan el vapor y el barco torcido hacia la izquierda y las sombras de una enfermera hablándome,vadeandoel espejo. La ventana es mi ojo, y el médico una sombra que emana el barco ladeado. Por momentos es el médico que emana una sombra de barco torcido. Todo esto no lo digo. No se lo cuento a nadie. Es un secreto que me hace temblar. Es la convulsión en la noche. La falla marginal en este acampe hospitalario.

***

Los tres arboles nacen en el agua, crecen en la arena y trepan amurados al faro. Eso se ve a las siete y cuarto de la mañana. Los tres arboles ya crecidos por la marea. Espumosos en las copas. El espejo tiene semblante helado y mirada arenosa. Puedo escuchar el golpeteo de las olas sobre el vidrio de la ventana. Mi forma de mirar, presiento, nace del estómago, crece en los pulmones y trepa amurada a la tráquea. Otra falla, oblicua, en el acampe hospitalario. Tal vez sea un virus no detectado por la sombra del médico que emite el barco ladeado hacia la izquierda.

Igual, callo.

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El humo que entra por la ventana sale por el espejo. Escucho las conversaciones y mi forma de mirarlas parece de otro en mí. El espejo me advierte la otredad. Y soy sombra en la pared derecha del barco ladeado hacia la izquierda, quieto, en la sopa hirviendo. Es la matriz, pienso. La matriz que me han injertado de otro hombre, y que mi cuerpo acepta en un siete y cuarto por ciento.

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Agito mis manos y altero la sombra del médico. El descubrimiento me ha emocionado y le sumo a mi forma de mirar unas lágrimas. Y el barco abanicado por los árboles se menea suavemente hacia los costados. Mareado sobre la sopa hirviendo, el barco limita en las fronteras del plato. Y la enfermera me aplaude a través del espejo sin decir una palabra. Se desnuda y me trepa, espumosa, amurada a mi cuerpo, como un musgo. Las sombras del barco no son ya del médico. El humo de las conversaciones son nubes que zumban en mi ventana.

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El veinticinco por ciento restante, o, lo que le falta a las siete y cuarto de la mañana, está afuera del plato. Lo puedo ver, desparramado sobre el mantel de hule, florido. Seco de tanta espera, ha decidido inmolarse en un mapa antes que disolverse o evaporarse. Un mapa telúrico, físico. Un brazo que se hace islote, brotado de acantilados mesiánicos. Veo un muelle. Veo la sombra del muelle. Y por fuera del mapa a un hombre de acampe hospitalario que mira a un espejo sostenido por un médico que conversa con una enfermera amurada a un barco ladeado, levemente hacia la izquierda.