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Opinión

La columna de Padilla: Valparaíso

"Mendocinos ni por asomo. No vienen, les da asco. Pero allá (en Reñaca) ellos", sostiene el autor.
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Las ciudades son una experiencia. Transportan, se hinchan y respiran por sus habitantes. Valparaíso, Chile. Patrimonio de la humanidad. Un “si-lugar”, una bahía o una isla de cerros. Un organismo-mosaico hecho de millones de partículas cósmicas a desnivel del mar. Valparaíso se expone (la exponen) como reservorio: el puerto y sus lamentos. La tristeza y la nostalgia de los barcos. Todo ya dicho, conocido, revisitado. Valparaíso es para el paseante un laberinto de paso, justamente, de tope. Se llega, se mira, se toca y se va.

Pocos vacacionan en Valparaíso (en relación a la mayoría de los centros receptivos de turismo residente). Porque es incómoda esta ciudad para los cómodos. Porque hay que treparla, transpirarla y hundirse en sus alturas. Hay que convivir con el hedor que, para unos es perfume, y para otros una plaga de efluvios malditos. Valparaíso vomita a la especie. Incluye a los no aptos en otras ciudades: heroinómanos, artistas nazi-bohemios, punkis, marineros, europeos exiliados por melancolía. Mendocinos ni por asomo. No vienen, les da asco. Pero allá (en Reñaca) ellos.

Decía, las ciudades son una experiencia, vital y caleidoscópica. Así hay que mirar a las ciudades. Mirar los ojos de Valparaíso desde los ojos de los perros regados. Desde el tejido de los generadores de energía o desde los lupanares de ropas tendidas. Si desconectan uno de los cables del aire, Valparaíso se cae.

En la ciudad empotrada en los morros todo suma. Es el acoplamiento la expresión de un malestar, de una contradicción existencial lo que mantiene -o soporta- al dominó arquitectónico. Gobernada por la derecha, la ciudad marinera de los anticuerpos, late por el mar y su izquierda es el ingobernable e inasible deseo de libertad. La noche pare sabores y olores densos y el día su celo augusto. Una ciudad folk-punk anarquista que desoye a sus sirenas.

Verde, celeste, roja, amarilla, oxidada. De lata y de piedra. De madera y cerro. Un paraíso distópico. Desigual. Fundado por malhechores y apropiado por una aristocracia lumpen. Olimpo fatigado de zonas colonizadas por una nueva burguesía cerda que, montada en la declaración patrimonial de sus hedores, construyó paseos yugoslavos y británicos. Austria por momentos. Hungría o Alemania. Imperial en la estirpe.

Rutinas de la ciudad porteña. Una especie de guarida para la gitanía cansada de errar. Aquí –Valparaíso es un arte de okupación- las calles marean.