Opinión
La bestia
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La convocatoria de la movilización resultó un éxito. Quince mil personas según los organizadores y nueve mil para la policía. Los diarios calcularon entre doce mil y quince mil; lo cierto es que fue un éxito. Hacía mucho en Mendoza no se realizaba una movilización de tales características. Mucha, mucha gente. Sin embargo el número era lo de menos. Asombró pero era lo de menos. Quince mil personas para Mendoza es un número importante teniendo en cuenta la parsimonia local pero era lo de menos.
El dato significativo fue quiénes convocaron a la marcha y quiénes fueron. Además del nivel organizativo, el orden de las columnas y el dispositivo de seguridad propio revelaron que de improvisación no hubo nada. Una movilización convocada por el “Frente Justiciero para la Restauración del Desierto” –formado por sectores de la derecha política y social- no juntaba ni mil personas hace unos años atrás. Pero esta vez sorprendió a todos.
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El orden político provincial estaba resquebrajado, atónito. Había entrado en pánico. El periodismo no sabía cómo digerir a la bestia, menos interpretarla. Tenía que ver con su nutrición, la había alimentado por años como a una manada de cachorros tirándoles los restos del matadero. La bestia creció con residuos patológicos. Se desarrolló una raza de esa alquimia biopolítica. Una raza impura con patrones genéticos de carácter evolutivo.
Estábamos ante una emergencia biológica.
Mendoza asistía a una bocanada de temblores permanente. La tierra se movía hamacada por la furia de los dragones. De las bocas de los mendocinos salía el vapor de un guiso cocinado a fuego lento en una sopa densa yempalagosa.
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Era una mañana soleada. La temperatura no superaba los 23 grados de un invierno inestable. La ciudad, si bien lunes, estaba vacía y silenciosa. Nadie se atrevía a salir de sus casas. En Garibaldi y San Martín, a las 12 hs, se juntaban las primeras columnas provenientes de distintos barrios de la periferia. No había pancartas. Tampoco banderas. La gente ocupaba sus manos para sostener palos y barrotes de acero. La ciudad se hundía bajo un silencio tenso. Latía. En el kilómetro 0 formaron una ronda para presenciar el espectáculo, el rito iniciático de la barbarie. Cada columna tenía un grupo referente que a modo de ofrenda depositaba cabezas humanas armando una pila. El olor era nauseabundo. Algunos vomitaban en plena calle. A las 14 hs. encendieron la pira de cabezas humanas. La ciudad se rendía ante bestia.
El cónclave de ministros del ejecutivo provincial estaba reunido en una finca lejana a la Ciudad de San Carlos. Allí llegarían el gobernador y el vice para seguir, de lejos, la sucesión de acontecimientos. Los infiltrados oficiales en la marcha se comunicarían cada una hora con el propio gobernador para anoticiarlo. Mientras, en un bunker precario de un edificio de departamentos, en Mitre y Pellegrini, los directores de los más importantes medios de comunicación se congregaban, pasmados, con la idea de fijar una posición común en el análisis de la jornada.
El humo hediondo de la fogata se expandía hacia los suburbios del Gran Mendoza. Los intendentes de los departamentos se alojaron en un hotel de Uspallata. Habían llamadas cruzadas entre San Carlos, Uspallata y el edificio de Mitre y Pellegrini. En una bodega de San Rafael, autoconvocados, los empresarios mendocinos e inversores extranjeros pergeñaban las transferencias financieras y una corrida bancaria desesperada para salvar sus ropas.
La Iglesia Católica optó por el silencio.Los intelectuales y artistas huían. Una caravana de autos salía eyectada de la provincia hacia destinos inciertos. La provincia se quedaba sin sus pensadores y creadores. Mendoza ya no tenía a sus cófrades.
“La bestia” se pensaba a sí misma.

