Opinión
La xenofobia popular se combate con un asado
Carina me contó que su hijo más chico no puede ver a un negro porque se asusta. Se descompensa. Les tiene pánico a los negros. Se refería a los negros de color, a los afros, a los brasucas. Y no es por racismo estilo europeo, es porque el pibe de chico, con cuatro años, una vez se perdió en el supermercado. El niño estaba desorientado y con miedo. Entonces vio a un negro, un policía negro que trabajaba de seguridad en el supermercado. Y el policía negro lo alzó. El pibe creyó que se lo iba a comer. Y ahí se descompensó, le subió la presión y sangró por la nariz y se desmayó. Desde aquella vez el niño tartamudea. Eso me contó Carina, una mina que hace limpieza en las casas, limpieza profunda. Una laburante de barrio que carga en sus espaldas la crianza de tres hijos.
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“mirá, desde que le pasó eso a mi hijo tiene tics y no puede hablar. En la escuela no anda bien. Y todo por el negro. Maldita la hora que se cruzó con ese negro. Ojo, yo no tengo nada contra los negros, pero mirá lo que le puede pasar a un niño cuando se pierde y se le cruza un negro, por más que lo quiera ayudar. Es un bajón”.
Carina y su pensamiento sobre las consecuencias de encontrarse con un negro representan de alguna manera un “racismo de clase subterráneo” que circula a través del inconsciente en las clases populares; porque en las clases medias y altas la xenofobia y el racismo van por otra mano - tienen voces y poder para presionar y sacar leyes de mano dura contra los sospechosos de siempre, los pibes de las capuchas. A Carina la colgarían en la horca desde el INADI. Pero sería injusto. Porque Carina y muchos más tienen incorporado esa especie de “racismo espontáneo”, una xenofobia viral que forma parte del imaginario de las clases populares.
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Sería injusto condenarla porque Carina está inscripta en la legión de los anónimos que se educan con fragmentos de la ideología híbrida que caracteriza a quienes se educan con otras matrices de pensamiento en condiciones de subordinación social. A Carina no le llega el discurso de los derechos y de los avances culturales del kirchnerismo. Para Carina -una mina de 38 años, morena, habitante de la periferia del Gran Mendoza- los derechos humanos son para los delincuentes. Carina, en ese sentido, iría a parar a una hoguera progresista. Sería procesada por retrógrada.
Para otros Carina debería ser educada. Porque su educación estaría condicionada por los medios masivos y es ahí donde termina instruyéndose la gente que no va al colegio y no puede acceder a la Universidad Pública. Entonces, para Carina, no habría ningún remedio que no sea la exclusión por defecto. Sería sentenciada. No formaría parte de ningún proyecto emancipador. Es un nadie. Parte de la resaca del sistema que actúa y piensa en la marcha de los acontecimientos, de manera espontánea y pagana.
Carina es, en cierto sentido, pueblo en estado puro y salvaje. Una desclasada sin conciencia de su desclasamiento. Una representación de la barbarie social. Un sujeto que no está incluido en toda la dimensión del término “inclusión”. Consumidora de Show Match, del bailando, de cumbia, de santerías, evangelista. ¿Qué hacemos con Karina entonces? ¿Convencerla? ¿De qué? ¿Si Karina son miles de mujeres y también de hombres que vivencian su cotidianeidad así? En todo caso más que convencer a Karina, habría que comerse un asado con ella, invitar a un negro y tomar juntos unos vinos; y después charlamos.
Eso, en todo caso, es una posibilidad de emancipación. El reconocimiento del “otro” y el respeto a la “diversidad” se ejercen también en un asado, en una celebración pagana. Con la televisión apagada y con música de cumbia.

