Opinión
Veinticuatro
“Veinticuatro” –me dijo, mientras atendía a una señora pintarrajeada, ataviada con un batón verde, despeinada, con cara de depresiva.
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¿Veinticuatro? –pregunté sorprendido.
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-¡Sí señor! vein-ti-cua-tro –afirmó malhumorada mientras atendía a otros clientes.
La señora pintarrajeada seguía ahí. Parada, inmóvil como una lámpara de pie. Estaba pálida, muy pálida, como si estuviese agonizando pero de pie. Como si fuera a desplomarse para siempre en el almacén. Descuidada, desatendida.
Esperé que pasaran otros clientes y me quedé pensando dentro del almacén. “Veinticuatro”, qué barbaridad, cómo pasó el tiempo. No lo podía creer. Abrí una de las heladeras con gaseosas y agarré una botellita de medio litro de esas que toman los deportistas. Bien fría. Mientras pensaba me tomé el refresco. Hacía mucho calor en el negocio, todos estábamos apretados como en un colectivo de línea a hora pico. El sol pegaba fuerte por la ventana sin cortinas. La gente transpiraba. Y la señora pintarrajeada ahí, quieta en un costado. Sin una gota de sudor, blanca, de batón y depresiva. Se me ocurrió indagarla.
-¿Cómo le va señora?
- ¿A mí? A mí me va mal… ¿y a usted?
-Esteee…bien, digamos…a veces ando mal, pero en general bien…disculpe, ¿pero por qué le va mal?
- Mire señor… si tiene tiempo le puedo explicar. Estamos en un almacén y hay mucha gente. Salgamos a la vereda que le explico.
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Yoli seguía atendiendo a los clientes. Era una mañana de suerte. Entraban clientes y compraban, no le daban respiro. Sin embargo a Yoli se la notaba idiota. Nerviosa. No les miraba los ojos a los clientes. Recibía la plata y se la guardaba en el corpiño. Sin pudor. A las monedas se las metía al bolsillo. Era como una alcancía ambulante. Con Yoli nos conocíamos de chicos, de la escuela primaria. Cuando teníamos 15 años fuimos novios. Pero éramos muy chicos y duramos siete meses, demasiado. Yo decidí cortarme cuando me propuso casamiento en su cumpleaños de 15, cuando bailábamos.
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-Tincho, te amo –me dijo cuando me acerqué a bailar el vals.
-Yo también Yoli.
-Tincho, tengo que decirte una cosa, -dijo con suspenso mientras las parejas daban vueltas alrededor nuestro, bailando en el salón.
-Qué Yoli, decime.
-Estoy embarazada de tres meses. Vamos a tener un hijo. Quiero que nos casemos y nos vayamos de aquí. A vivir a otra provincia, los tres, empezar una vida juntos.
Nunca fui bueno para el baile, más bien torpe. Si me llevaban al rato aprendía. Pero tenía que hacer un gran esfuerzo mental. Concentrarme. Tal vez haya sido mi timidez la que me obstaculizaba. Si me desconcentraba me ponía colorado y le pisaba los pies a mi compañera. Y era peor. Ella iba para un lado y yo para el otro, a contramano, como si mis piernas tuvieran Síndrome de Parkinson. Todos me miraban y se reían. Y así. Por eso le escapé a los bailes, sobre todo a los que se realizan de a dos, en pareja, a través del contacto físico.
-Amor, ¿qué me decís? ¡Te has quedado pálido! ¿no te gusta lo que te dije? ¿Acaso no querés tener el hijo que llevo adentro? ¿No te querés casar conmigo? ¿Qué te pasa?
- Yoli, ¿qué decís? No puedo creer lo que me contás, me mareaste, ¿cómo que estás embarazada? ¿No te estabas cuidando con las pastillas? ¿No habíamos quedado en eso?
-Si Tincho, pero tal vez… no sé. Tal vez se dio igual. Te lo tenía que decir. Y la verdad pensé que te pondrías contento. No me arruines mis 15 por favor. Después hablamos…
Yoli impostó estar contenta y con una sonrisa falsa me soltó en pleno vals y agarró a Damián que estaba solo mirando cómo bailábamos. A Damián siempre le gustó Yoli. Desde la primaria. Pero Yoli nunca le dio cabida. Solo eran amigos. Damián para Yoli fue un confesionario. Yoli lo usaba para descargar toda su desolación. Para llorar, para contarle cosas. Y Damián aceptó siempre ese rol. Al menos para estar junto a ella. Pensando que alguna vez podría estar en pareja con ella.
Damián aceptó con gusto el convite de Yoli y se metió en la pista. Bailaron acompasadamente. Damián sabía. Era un tipo que manejaba el cuerpo a su antojo. Bueno para el deporte y el baile. Alto, espigado y atlético. Damián estaba contento bailando con Yoli.
-Damián, qué lindo que hayas venido a mis 15…
-¿Y cómo no iba a venir amiga? ¡Qué pregunta!
-Es que… no sé, pensé que no ibas a venir…
-¿Bah?, no entiendo por qué pensaste eso.
- Y, desde aquella vez que te dije que no podíamos vernos más como…no sé…porque vos me dijiste que me querías más que una amiga, que me querías…no sé… ¿te acordás?
-Si Yoli, pero eso ya pasó. Lo asumí con resignación. Me quedo con la despedida aquella noche en la casa de mis viejos cuando se fueron a cenar y nosotros…bueno, ya sabes, hicimos el amor.
-Si Damián, me pareció que teníamos que despedirnos con cariño, aunque fuera duro. Espero no haberte hecho daño.
-Y….me duró un poco, pero como soy optimista y positivo, al tiempo pensé solo en la despedida. En ese cierre. Para mí fue llegar al paraíso, de turista, por un par de horas. Qué se yo… está todo bien igual.
Aquella noche del cumpleaños de Yoli me fui del salón en medio de la fiesta, sin saludar a nadie. Caminé bordeando la alameda del club fumándome un pucho. Mirando hacia el cielo. Ansioso. Caminé y caminé hasta que llegué a la entrada del club y seguí. Me escapé. No podía decirle que no a Yoli, o no me animaba en verdad. No me daba la cara. Me sentí cobarde pero no me importó. Conociendo a Yoli sabía lo que me esperaba si yo la negaba. Por eso me fui a la casa de mis viejos. No estaban. Aproveché para armar mi bolso y les saqué cinco mil australes. Paré un taxi y fui hasta la terminal de micros. Pregunté en las boleterías a qué hora salía un micro a Buenos Aires, cualquiera que saliera a Buenos Aires. Faltaban dos horas y el micro partía semivacío. Compré el pasaje de ida. Y me escapé.
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La señora pintarrajeada se paró al sol y me dijo: Estoy mal porque la Yoli no me habla. Soy la suegra y no me habla. Vivo con ellos, les cuido el niño, les hago la comida y ella no me habla. Y cuando me habla es para tratarme mal. Cuando vengo al negocio no me atiende, ni me mira. Yo estoy mal. Con depresión porque murió mi marido hace un año, el papá de Damián, que es el esposo de Yoli. ¿Y vos quién sos? ¿Sos amigo de la Yoli?
-Si señora, ehhh…bueno, hace 24 años que no nos vemos, pero fui muy amigo cuando éramos chicos. Y ahora vine a visitarla, de sorpresa.
-Ahhh… ¡entonces lo conoces a mi hijo! ¡a Damián!
-Esteee…no, digo sí, pero hace mucho que no nos vemos. No sabía que eran esposos.
-Siiiiii… se casaron hace veinticuatro años más o menos. Porque ella quedó embarazada a los 15. Al principio vivieron en mi casa, un par de años, y cuando consiguieron trabajo se casaron. El tinchito tenía dos añitos y yo se los cuidaba. Pero la Yoli… la Yoli es una mujer muuuuy rara… cómo decirte…siempre maltrató a Damián, y a veces a tinchito. No sé… se hizo ver por un psiquiatra hace unos años. No sé… dice que ve cosas, que se le aparece un tipo y le habla…en fin, está medio loca… habla sola, cuenta los años desde que nació tinchito y los repite sola. Todos los años lo mismo. Ahora está con los veinticuatro, y ahí anda, “vein-ti-cua-tro”. ¿Y a mí?, y a mí me ignora.
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Saludé a la señora pintarrajeada y le dije que estaba apurado, que volvería otro día a saludar a Yoli. “Vaya nomás” –me dijo. Tomé hacia la derecha y di vuelta a la esquina y paré un taxi. Me escapé. Fui a la terminal de micros y compré un pasaje de ida a Buenos Aires. El micro salía en tres horas.