Opinión
Primavera libidinal
Nevaba. Sí, nevaba como en pleno invierno. Como si estuviéramos en Julio o a principios de Agosto. Caía mucha nieve, demasiada para el día en que festejaríamos nuestra condición de estudiantes y el inicio de la estación de las flores. Yo le había dicho a Gustavo que lo tuviéramos en cuenta pero no me dio bola y salimos igual. Pasamos a buscar a Anita y después a La Turca. Ellas son precavidas pero en esta hicieron lo mismo que Gustavo. No me dieron bola y así nos fue. Igual la pasamos bien.
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Anita llevaba una carpa para ellas y yo otra, en la que dormiríamos con Gustavo. Dos carpitas chicas, de bolsillo. Gustavo, como siempre, desordenado y enquilombado, cargó en su mochila lo que encontró un rato antes de salir: una latita de picadillo, dos paquetes de criollitas, un cartón de puchos, un par de libros, una manta vieja que le puso a último momento la madre, lentes para el sol, un gorro de lana, un par de guantes y tres naranjas. Eso era todo lo que llevaba Gustavo para pasar el fin de semana en la montaña. A Gustavo le calentaba todo tres carajos. Se las arreglaba. La Turca era obsesiva y tenía una mochila ejemplar; ordenada con todo lo que iba a necesitar para el viaje. Anita, maso. Intentaba serlo pero estaba entre Gustavo y La Turca en el ranking. Y yo un toque por debajo de La Turca. Gustavo: Anita, ¿estás bien?
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Anita: Sí, pero estoy cagada de frío. Tengo los pies hechos hielo. Gustavo: es que ustedes la mujeres son friolentas, hasta en verano andan abrigadas. Vení, ponéte este buzo, es un rompevientos, con esto se te pasa. Anita: nooo…pero… ¿y vos?...te vas a morir de frío Gustavo. La Turca: dale Anita, ¡poneteló! Gustavo se la re banca nena, ¡ y vos estás tiritando! -¿Y si volvemos a las carpas? -propuse. ¡Hace un frío de la San Puta y el viento es insoportable! ¡Tengo la nariz helada!, ¡No la siento! Mirá Turca, tocamelá. La Turca: Uyyy sí… ¡es una goma de hielo! ¡Mirá Anita, tocaselá! ¡Impresionante! …Ché en serio, tiene razón, volvamos a las carpas, yo también estoy congelada. Aparte a este camino ya lo hicimos ayer, es el mismo paisaje, y si nos mojamos en el río nos va a hacer para el culo, ¿mirá si nos enfermamos? Gustavo no sé cómo hacía pero no sentía nada. Andaba con una remera mangas largas y sin su abrigo, el rompevientos que le prestó a Anita. Es más, parecía que tenía calor. Él quería seguir hasta donde brotaba el agua y nos alentaba, pero los demás no dábamos más de frío.
-Ché Gustavo, somos tres los que estamos cagados de frío, volvamos a las carpas y listo. Comemos algo y nos cebamos unos mates calientes y hacemos un fuego. No da seguir. Somos tres contra uno Gustavo. Gustavo: Uuu…¡¡¡pero qué cagones son!!! …dale, volvamos… Anita pegó la vuelta y la seguimos. Iba tiritando. Empezó a nevar fuerte y se veía poco. Habíamos caminado una hora. La Turca fumaba como un murciélago y se refregaba las manos. Gustavo seguía igual. Como si nada. Yo tenía el cuerpo tenso y también tiritaba de a ratos. La estábamos pasando mal. Anita: ¡la puta madre que lo parió, no doy más de frío! ... ¿cuánto faltará? Gustavo: falta poco Anita, unos quince minutos y estamos, ¡Aguantá nena! Llegamos y Anita y La Turca se metieron en su carpa. Se taparon con una frazada y quedaron sentaditas como dos momias. Gustavo se puso a juntar palos para prender el fuego. Eran las cinco de la tarde y parecían las ocho. No había un alma. ¡Qué va a haber, si estábamos en la boca del lobo!, un deliro más de Gustavo: parar en un lugar desolado donde no nos topásemos con ningún ser humano. ¡Qué marciano! ¡Qué gusto de pasarla para el culo!
Pero la cosa cambió cuando el fuego se hizo grande. Una fogata inmensa que alimentábamos con palitos. -¡Vengan chicas! ¡Salgan! ¡Acá está mejor!… ¡Miren el fuego que hicimos con Gustavo! Anita y La Turca salieron de la carpa con la frazada, envueltas. Estaban pálidas y tenían las narices como dos payasas. Se sentaron juntas así, como si fueran gemelas que nacieron pegadas. Se les veían las cabezas y las patitas nomás. A mí me parecía que la íbamos a pasar pésimo. Era sábado y el tiempo no cambiaba ni tenía pinta de cambiar. Las horas eran de goma. Se hizo la noche y el frío se tornó insoportable. Había parado de nevar. Teníamos el fuego sí, pero todo el día al lado del fuego era un embole. Hasta que La Turca hizo la propuesta. La Turca: ché… ¿y si nos metemos los cuatro en una carpa? ¡vamos a estar más calentitos! Apretados pero más calentitos. Yo no quiero cagarme más de frío… Anita no hablaba. A ella todo lo que fuera calentarse le venía bien. Estaba como ida. Con la mirada perdida. Gustavo me miró e hizo una guiñada mientras removía con un palo las brasas. “Dale” – dije, haciéndome el boludo, “vamos ya”. Y nos metimos. Con la manta vieja de Gustavo y con la mía hicimos la base de la cama. Nos acostamos los cuatro vestidos y nos tapamos con la frazada de La Turca y con una manta de Anita. Gustavo fue el primero que se tiró en la cama y la
Turca se le acostó al lado y después yo y al final Anita, a mi lado. Todos boca arriba. En silencio y duros como piedras. El calor volvió a los cuerpos. No podíamos dormir de los nervios. Mirábamos el techo y parpadeábamos. Nadie soltó una palabra. Cuatro adolescentes con miedo a que pasara algo que queríamos y no nos animábamos. Éramos compañeros del colegio y sabíamos que con medio movimiento pasábamos la barrera, ese límite que pone la distancia de los cuerpos cuando son amigos. Estábamos pegados y nos rozábamos con movimientos tímidos para acomodarnos. Nadie quería dar media vuelta. Hasta que Anita giró el torso hacia el costado de la carpa, dándome la espalda. Haciéndose lugar para estar más cómoda. Se corrió un poco hacia atrás y quedó pegada a mi cuerpo. Me di vuelta en el mismo sentido y abracé a Anita. La traje contra mi pecho y le agarré el costado derecho de su cadera, apretándola. Lentamente empecé a menearme. A dar roces parejos, sin pausa, pero suaves. Gustavo y La Turca hacían exactamente lo mismo.
Afuera la noche desnuda, abiertamente presa. Cómplice.
Marcelo Padilla.

