Opinión
La nostalgia de los payadores incorrectos
A Juan López, el payador de Dorrego
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“Todo esto era viña” -reza el populacho. Tierra y agua jugueteando a través de las manos callosas del hombre de campo que, entre tonada y tonada, entre tinto y grapa campeaba los fríos amaneceres. Rincones vacíos de la identidad local que se hacen música en la nostalgia de los payadores incorrectos. Allí, los náufragos del desierto, en sus canoas imaginarias de paja, atravesando nuestros embellecidos pueblos -hoy ciudades inundadas de turistas que dejan sus divisas y reactivan el comercio local- hacían esta provincia desde el anonimato. No esas familias de prosapia rancia venidas a menos que vindican siempre los poderosos para reafirmar la dominación simbólica y social en la provincia; historias de familias que explotaron feudalmente a sus criados de campo. Sino “los otros”, esos nadies anónimos que producen la riqueza para “ese otro”, “ese alguien” que tiene siempre más identidad, con dos apellidos que se pavonean en los sociales de los diarios. Entre verso y respondo, en el desierto y lejos de la ciudad, arreando cabras en la veranada mientras los niños pasan la semana en la escuela albergue, hay una Mendoza profunda y sincera, tracción a sangre y pobre. Ellos tienen dialectos, no lenguajes, y creencias más que religiones. Adoran el agua y el sol, la tierra y los árboles, la montaña y la luna, los pájaros, las bandadas. Mueren anónimos y no salen en los diarios. Se consuelan fumando armados, oteando el horizonte irregular. Refugiados en sus cuevas no esperan a nadie y no entienden mucho a los trabajadores sociales que se les acercan para darles una mano. Son así los tipos de las montañas, idénticos a la montaña, duros, quemados por el sol y silenciosos. No han sido tentados por el capitalismo que no conocen, más bien son rechazados por el capitalismo que no conocen. Desde el anonimato tejen la trama del campo, de sol a sombra, acompañados por sus perros.
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Cercadas, las tierras ya tienen dueños, extranjeros por cierto, que han montado boutique y wine bar, merchandising y glamour, Caminos del Vino donde se embriagan gringos y no emborrachan ni ahogan penas. Eso queda para los payadores incorrectos. En el Valle de Uco, Cruz de Piedra y Luján, en San Martín, Rivadavia, y hasta en el sur colonizado otrora por franceses y alemanes de la primera posguerra, han tomado posesión esos nuevos dueños de la tierra: franceses y canadienses, americanos y españoles que declaran orondos su pasión por Mendoza. La nueva inmigración del capital multinacional ocupa la tierra para transferir divisas. Si, “modernizan la provincia”, dirán sus defensores, pero nadie repara en el costo. Han dejado en los valles y en las planicies mendocinas, postales de la inversión y la tecnología. Sistemas eficientes de riego. Construcciones majestuosas de diseño arquitectónico de envidiable gusto. Nos han acercado, imaginariamente, al primer mundo. Los tenemos ahí, jerarquizando nuestra economía, otorgándoles un plus simbólico de modernización y racionalidad a los tiempos locales en conexión con los globales. Sin embargo, para los hombres y mujeres del pago, la vida sigue igual, o peor, con menos tierras y amenazados a futuro por el manejo del agua.Ellos dibujan en su imaginación los trazos que asumen las nubes cuando se deforman y convierten en dragones lanza-agua en las tormentas. “El campo es de quien se lo imagina” –dirá el payador incorrecto, frente a su desvencijada salamandra-.
No son propietarios ni tienen capital más que su fuerza de trabajo informal que deviene en herramienta para su economía de amparo. Las aguas, que bajan heladas de la montaña, corren entre las piedras peladas y se estacionan en diquecitos que servirán de estanque natural para la recolección del puestero y de la lavandera. Pero no falta mucho para que esa agua, que brota como regalo de la naturaleza salvaje, tenga nuevos dueños y sea derivada hacia nuevos intereses productivos. Mendocinos de tierra adentro condenados y prisioneros en la libertad imaginaria del campo. No tienen literatura sino leyendas y mitos que gestionan los mayores en una economía de significados que circulan frente al fuego amigo, entre amargos y pan amasado. El mito del “buen salvaje mendocino” sin contrato social, mantiene viva la construcción ideológica de una provincia que lo succiona para nutrir de color local y pintoresquismo sus inversiones y acumulación de riquezas. El almacén los espera para el fiambre y el pan, y un litro de cerveza para ir conversando. La carne está en el campo, cruda y cocida, según los gustos. El viento corre en contra, y pega frío y duro en la cara añosa del payador incorrecto que morirá lento en un sueño eterno. Los viejos mueren de viejos, sin más. La tierra honda los espera para tragárselos y mantenerse viva y natural. Es que es más barato morir en el campo. Y en los entierros no estarán los hombres de negro con la mirada grave, ritualizando la tragedia existencial frente a la muerte para confirmar que ahí hay un muerto. Esas son burocracias espirituales que no se conocen en el pago chico.

