Opinión
Una versión del infierno
Este infierno es así: un dios que inventaron los hombres hace miles de años a través de un relato luego de exterminar otras creencias para que quede solo un dios y no varios. Para asegurar la permanencia de ese dios, único e irrepetible, omnipresente; los hombres bajo la insoportable angustia de tener que elegir, construyeron una institución que funcionara como oficina terrenal para ir cada tanto a calmar la angustia que produce su existencia, el vacío que significa estar siendo y amortiguar los temores ante la inevitable condición de mortales.
-
Te puede interesar
Glaciares: proteger mejor para poder crecer
Los hombres no soportaron la idea de muerte. Los hombres no le encontraron explicación a ese vacío y se dieron cuenta que no la tiene. La angustia de saber que no tiene explicación la condición de mortalidad - que viniéramos a un mundo de sin sentidos, arrojados- llevó a inventar el sentido de las prácticas, a ponerle un nombre a las cosas, a crear el lenguaje como medio y código cultural para pertenecerse.
-
Te puede interesar
Una elección de abogados (y algo más)
Dios es el producto de un mecanismo de desplazamiento de la angustia existencial de los hombres cuando no encuentran explicación a la nada. La nada aturde. La nada aguija, punza. Los hombres no aceptaron la muerte y al crear ese dios proclamaron la inmortalidad imaginaria en paraísos eternos. Ser es morir y eso no se digiere con nada que no sea a través de un producto, un artefacto simbólico que adormezca y tranquilice.
Creer es una manera de sobrevivir a la nada. Los hombres se llenaron de objetos, colmaron ese vacío con objetos materiales porque si bien ese dios garantiza un refugio para las almas no resultó suficiente cuando se produjeron las invenciones tecnológicas. Tales invenciones generaron distracciones en los hombres. Se metieron de cabeza en su manipulación y el vacío y la nada y el todo eran un solo estado de perturbación. Se ahogaron con el todo. Y los hombres se enojaron con dios olvidando que fue un producto de su propia obra; y lo responsabilizaron de todas las penurias de este mundo. De todas las tragedias. Y se desencantaron. Se desangelaron de sí mismos.
Se toparon con la idea de que lo único que existe es la materialidad del desencanto y eso es fulminante para sobrellevar la vida que no tiene en sí mismo ningún sentido. Por eso el sentido siempre está puesto afuera: en los objetos, en la religión, en la política, en la adquisición ilimitada de bienes no fisiológicos.
El hombre como especie inteligente, adaptativa y creadora, necesariamente debe escapar de la angustia, de la turbadora angustia de saber que hay que elegir siempre y a toda hora. El hombre no soporta su libertad y crea instituciones que normaticen sus prácticas, sus creencias, sus estilos de vida. De la insoportabilidad a la virtualidad. Por eso el hombre pasa sus días haciendo cosas, comprando objetos, creyendo en dios, adoptando un estilo de vida diferente y legítimo en una sociedad cada vez más flexible a los sentidos que remedian.
Se enferman los que no pueden ejercer ese desplazamiento de la nada y el vacío hacia un dios representado de mil formas. Y la enfermedad es una muestra para los demás. Un espejo proyectual que le devuelve al hombre la imagen de sí mismo y la certeza de hasta dónde puede llegar si la angustia se impone y no se toma un camino. La enfermedad es una somatización del cuerpo social que contribuye a reafirmar el sentido puesto en la cosas. De ahí que al hombre le moleste tanto pensar, bucear en la filosofía porque angustia. Entonces la negación, como forma de sobrevivencia. Y ante esa irremediable situación el hombre elige entre pensar o entretenerse, distraerse. Y con ello neutraliza, pospone, le da soga larga a la levedad y a lo efímero de todas las cosas.
Este infierno es así.