Opinión
“El loco” como sujeto químico
En el “campo de la locura” se libran batallas entre distintas posiciones de agentes e instituciones: discursos médicos, instituciones de la salud, ministerios de salud, clínicas privadas, neuropsiquiátricos, comunidades terapéuticas, industria farmacológica, trabajadores sociales, sociólogos, psicólogos, abogados, jueces, hospitales, diputados y senadores; y por último los locos. Los locos están en el último eslabón.
-
Te puede interesar
Glaciares: proteger mejor para poder crecer
“El discurso del campo de la locura” pone al loco como objeto de estudio (con el fin de restituirlo en lo posible al “registro de realidad”) no obstante, paradójicamente, los intereses que se juegan en ese campo trascienden al interés por el loco como sujeto. La producción de locos de la sociedad erige toda una arquitectura de la salud mental para la cual el loco es un experimento. Se prueba, se ensaya, se yerra.
En el campo de la locura se libran batallas entre posiciones que disputan el poder, autoridad simbólica y dominio en ese campo. Detentar el poder en el campo de la locura implica poner en funcionamiento una serie de dispositivos conceptuales, normativos y científicos que determinan el método de abordaje, en toda su complejidad interdisciplinar, al padecimiento mental. Hay quienes se resisten a ese dominio y desarrollan acciones de lucha contra aquellos dispositivos. Proponen y buscan imponer otros discursos y otras normas. En definitiva modificar las “reglas de juego” en el campo para modificar el método de abordaje al padecimiento mental.
-
Te puede interesar
Una elección de abogados (y algo más)
En cualquiera de esas situaciones (dominación o resistencia) la locura es rentable. Se producen conocimientos para amortiguar el dolor psíquico a la vez que se necesitan más locos para mantener el edificio de saberes-instituciones.
De la mano de la industria farmacológica el saber científico juega sus fichas para posicionarse simbólicamente en el campo a través de estrategias, inversiones, acciones y métodos. Mientras, el loco está ahí, anestesiado. Se le amortigua el dolor para custodiar su funcionalidad social. El loco es un maniquí en la vidriera de la sociedad normalizada. Está escenificado.
Sin embargo, lejos de “negar” su discurso, el campo de la locura necesita extraer su palabra, indagar en su psiquis, conocer sus movimientos físicos y reacciones para transformarla en instituciones. El “saber de la locura” se construye en esa interacción de dominancia no equivalencial.
El loco es el destinatario de un plan psico-químico puesto a funcionar por quienes detentan el monopolio armamentístico farmacológico. El loco es un sujeto químico y su encierro asegura la "paz familiar y social" por un tiempo. Sin embargo el loco es un síntoma producido por ese entramado. En ese entramado se cuecen los enfermos.