ver más

Opinión

La Monja

Una experiencia cercana con una monja de blanco que se enreda con el autor de la nota y se mete como una vaca entre la manada.

Me refriego la cara con agua cepillo mis dientes escupo espuma me seco con la toalla húmeda me peino me arreglo y acomodo el cuello de la camisa.

Sonrío al espejo y veo que mis dientes no están blancos me abrigo con la bufanda cruzada y una campera armo la mochila con mis libros mis apuntes mis papeles para trámites y salgo caminando lento, respirando profundo.

El aire hiela pero hay un sol para compartir y fumo un cigarrillo esperando demasiado a un bondi que al final llega atorado, pero igual subo y como puedo me acomodo entre las gentes que antes pensaron viajar placenteras.

Somos una manada fatigosa, algunos tienen que atravesar la ciudad para llegar a la República de Las Heras y a mí no me importa porque bajo a quince cuadras y el viaje es lento, lento, lento.

El bondi para mil veces, sube al toque una chica con auriculares seria y con lentes que me excita y mira de reojo; yo la olvido.

Un tipo me pisa el dedo gordo del pie y lo reputeo por dentro. En la tercera parada sube una monja de blanco y se mete como una vaca entre la manada.

Yo le doy la espalda y ella pasa y con su bolso, engancha la correa izquierda de mi mochila y la monja tira, tira, tira.

Mi mochila se alarga, quedamos anudados entre esa población de viajeros; trabados quedamos como dos perros en celo que hay que tirarles un balde de agua helada para despegarlos.

Nos miramos con la monja y sonreímos hasta que se destraba la situación y el bondi sigue sigue, sigue, sigue.

Llega el momento de bajarme y paso como puedo; hago fuerza y pienso que viajar en un bondi lleno es un deporte de contacto.

Toco el timbre y bajo y atrás mío la monja. Yo voy a terapia, olvido a la monja como olvidé a la chica que me excitó en el bondi, esa de los auriculares con lentes, y llego a la sesión, a la sala de espera.

Miro a los costados y a mi derecha está la monja sentada esperando que la atiendan; le pregunto si tiene turno con el psiquiatra y me dice que sí que a las nueve y media. Y yo le digo que a las nueve y media tengo yo mi turno.

Discutimos, me doy cuenta de la situación y me pregunto qué hace una monja esperando al psiquiatra e interrogo a la monja y le pregunto qué hace una monja esperando al psiquiatra y ella me responde que viene a terapia a pedir una receta para comprar su medicación antidepresiva.

Le repregunto qué hace una monja tomando medicación antidepresiva, yendo a terapia si para eso están los curas y los confesionarios y los rezos y las hostias y no entiendo nada.

Que una monja esté mi lado esperando al psiquiatra luego de haberme anudado con ella en el bondi con su bolso y mi mochila.

De golpe, sale el psiquiatra y nombra un apellido que no es el mío y la monja se para, se incorpora y su bolso se traba con la correa de mi mochila y me tira, me tira, me tira y me arrastra; y voy por el piso con la monja que me lleva como a un cordero y entramos juntos a terapia, porque teníamos el mismo turno.

Pienso que todo esto es un avance una concesión que ha hecho el Vaticano a los consultorios, una demostración de buena voluntad, de reconocimiento a los confesionarios médicos donde pueden entrar monjas con pacientes agnósticos.

Y quedamos con la monja sentados en dos sillas frente al psiquiatra. Y el psiquiatra reza un padre nuestro que está en los cielos, y la monja le pide la receta y el médico le indica doce padres nuestros y cuatro avemarías.

Yo no entiendo nada, me quedo callado y salgo enganchado al bolso de la monja, arrastrado, raspado hasta la parada del bondi para volver a mi casa.

Y subimos al bondi, que está atorado; y me incorporo pero con la monja a mi lado unidos por nuestros bolsos y la monja saca sus auriculares, acomoda sus anteojos. Y me excito, me excito, me excito.