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Opinión

La droga de los inmigrantes y el narco-peronismo africano

El ideal sarmientino y de la generación del 80 cristalizó el modelo ideológico y el tipo de inmigrante que deseaban aquellos gobernantes.
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Argentina se ha caracterizado históricamente por ser un país abierto. De brazos abiertos a todos los extranjeros que quisieran venir a forjar sus destinos. Es cuestión de ponerse a revisar la historia para comprobarlo. Eso se sabe. Argentina es una nación que se construyó en base a la inmigración. Por eso este país no es“propiedad privada” de los argentinos. Porque nativos no hubo nunca en un sentido puro del término. Porque lo puro en verdad no existe. “Nosotros” somos todos los que estamos porque alguna vez vinimos, de algún lugar. Y seremos con los que llegan. Ahora bien, en este país como en otros, la atracción de la inmigración no se dio por la mano invisible de los movimientos demográficos. Toda oleada migratoria constituye una política demográfica en tanto el país receptor necesite de una determinada mano de obra laboral en el marco de un modelo de acumulación económico y político.

Civilización o Barbarie. El ideal sarmientino y de la generación del 80 cristalizó el modelo ideológico y el tipo de inmigrante que deseaban aquellos gobernantes para hacer de la Argentina un país civilizado a tono con el capitalismo de época. Se quería a obreros ingleses porque el papel complementario de nuestra economía que definió aquella generación respecto de la economía mundial requería eficiente mano de obra laboral. No gauchos salvajes que andaban nómades. No indios bárbaros que ocupaban territorios improductivos. Sobre la base del exterminio y el sojuzgamiento este país realizó una jugada simbólica contradictoria pero no menos eficaz.

Matar al indio, ocupar su territorio, alambrar los campos, someter a la peonada, aniquilar la resistencia montonera, formar el ejército nacional con los que no tenían trabajo y deambulaban, legislar para todo el territorio, crear una capital para el país, recibir a los hambreados por las guerras europeas, fueron las necesidades de aquel ideal civilizatorio.

Las drogas de los inmigrantes en el albor de la nación fueron las ideas anarquistas y socialistas. Esos narcos sindicalizaron a los trabajadores de los frigoríficos y de las pequeñas empresas de las ciudades. En las “cocinas” se guisaban los planfetos, las molotov, los diarios rebeldes, las acciones revolucionarias, las tomas de las fábricas. Eran inmigrantes. Extranjeros europeos. Peligrosos extranjeros. De ahí su estigmatización, persecución y aislamiento. Y en el interior, cuando estallan las economías regionales en mil pedazos y el hambre se hizo plaga, los “cabezas negras”. Esos también fueron extranjeros. Estaban “por fuera” del modelo. A la deriva y ya sin sus referencias rebeldes. En Olta, la cabeza del Chacho Peñaloza exhibida como trofeo dejaba al interior más guacho que nunca. Pero los extranjeros del interior fueron atraídos a las ciudades luminosas cuando la industria creció. Y allí paraguayos, bolivianos, tanos, gaitas y amerindios se fundieron en una raza de cimarrones sin clase. Buscaban la clase social y la encontraron en el peronismo. A partir del 45 pasaron a ser obreros, trabajadores con derechos, ciudadanos organizados. Las drogas se esparcieron en el país antártico y anestesiadas, esas masas informes alucinaban con ser felices.

Luego aparecieron los que combatieron esa droga de la felicidad y lograron derribar a los narcoperonistas. Y tumbaron al caponarco Perón. Pero ya había en el país miles y miles y miles de drogadictos con síndrome de abstinencia que resistieron y murieron y se levantaron y reclamaron y trajeron de vuelta al capo-narco de España y así, todo así con los extranjeros. Y los milicos y los enemigos internos y los desaparecidos y la democracia y…y?

Bienvenidos, malvenidos. Se viene África. Ojo.