Opinión
Ricardo Mur: el candidato que anticipa terremotos
“A Ricardo Mur lo rebanco. Sí hermano, estoy cansando de los políticos de la política, de los que se reciclan, de los que se hacen una cirugía para presentarse como nuevos. Harto estoy. Me parece genial que este tipo, que tiene una trayectoria de la puta madre, se presente a gobernador el año que viene. Además lo conoce la gente, y por la cara, de movida se ve un tipo sin ambiciones personales. En lo económico digo, para chorear. Yo lo he visto cerca de mi casa, en Godoy Cruz, subiendo por la calle Rivadavia, caminando como cualquier hijo de vecino. Sin bigote. ¡Hay que cambiar Alberto! pero cambiar en serio. Mirá Baldassi, el árbitro, mirálo a Miguel Del Sel, el cómico. Estos tipos son la renovación de la política”.
Te puede interesar
Glaciares: proteger mejor para poder crecer
Así comenzó la charla con Horacio. En realidad así comenzó el monólogo de Horacio. Cada vez se embalaba más, se ponía más colorado, subía el tono de voz. En el café nos miraban todos, a Horacio especialmente. Por los ademanes y por los gritos. A mí me daba vergüenza ajena. Un sábado a la mañana, el café repleto, escuchando la arenga de Horacio, apoyando a Ricardo Mur. Me puse nervioso, me temblaban las piernas, el café doble y el pucho me dieron taquicardia.
Horacio se puso insoportable. Y le dije cuando hablamos por teléfono para combinar la juntada: “Che, Horacio, nos juntamos pero para hablar tranqui, no puedo pasar momentos de tensión, el médico me indicó reposo y evitar el estrés”. Pero Horacio es un terco y me dijo que sí pero hizo lo contrario.
-
Te puede interesar
Una elección de abogados (y algo más)
Empezamos charlando sobre las máquinas que miden los sismos en Mendoza. Él me decía que en la UTN había una y se había roto. Que nos manejábamos por una medición de EEUU. Yo sabía del “Sistema de Alerta y Alarma Sísmica”. Sabía que la manejó, hasta que se rompió, un pibe joven que lo hacía por una beca de 600 mangos. Y Horacio, como siempre, empezó a levantar temperatura. “Cómo puede ser Alberto que una provincia importante como Mendoza tenga una máquina de Alerta Sísmica manejada por un pibe becado y encima, esté rota. Algún día esta provincia se va a caer como un castillo de naipes, van a morir diez mil tipos y nos van a avisar a los tres días que hay Alerta Sísmica. Pará hermano, así no va la cosa. Esto es pura improvisación”.
Horacio no podía con él mismo. Cualquier cosa lo ponía colérico, con ira. Se apasionaba con las discusiones, pero se pasaba de mambo. No registraba “al otro”. No recuerdo muy bien de dónde salió el tema del Alerta Sísmica y lo de la máquina rota en la UTN, pero sí sé que de ello derivó "Ricardo Mur candidato a gobernador de Mendoza”. Vaya uno a saber cómo funciona esto de las asociaciones mentales inconscientes.
Lo cierto es que estábamos en el café, con Horacio a los gritos apoyando a Ricardo Mur. Sacado. Como si le faltara algo a la situación, un viejo que estaba en la mesa de al lado junto a dos jubilados se prendió mal: “perdonen que me meta en la conversación, pero eso yo lo había dicho hace tiempo, acá se van a morir diez mil personas en cualquier momento con un terremoto. Nadie hace nada. Tanto avance científico y tecnológico al pedo para que no podamos prevenir la muerte de diez mil tipos”. El viejo estaba convencido de la cifra, como Horacio. Los dos jubilados que acompañaban al viejo movían la cabeza hacia abajo aprobando los dichos de su amigo.
Repito, era sábado a la mañana de un día soleado en Mendoza. El café repleto de almas. Se empezó a armar un diálogo de mesa a mesa sobre los muertos, el terremoto y Ricardo Mur. La gente de las otras mesas comenzó a mirar de reojo, con ganas de intervenir en la charla. Una señora con su hija dejaron de conversar entre ellas y se quedaron mirando y parando la oreja atentamente lo que se decía entre nuestra mesa y la de los viejos. “Es muy cierto lo que dice el señor, acá van a haber diez mil muertos por un terremoto, yo lo leí en una revista, se viene un terremoto pronto. Y no puedo entender cómo no nos avisan con tiempo. Este gobierno es un desastre. Y lo de Ricardo Mur me parece bien, se lo ve un buen hombre, además él fue el que varias veces salió en la tele diciendo que había temblado. En el noticiero que hacía hace mucho a la mañana, temprano. Acá es el único que nos podría avisar realmente cuándo se va a morir esa pobre gente. Vamos a terminar aplastados por los edificios”, cerró la señora mirando hacia arriba y girando la cabeza.
El viejo de la mesa de al lado apeló a su memoria y largó: “No sé si ustedes se acuerdan, pero como Don Bernardo Rázquin ninguno. El viejito por la radio hablaba todas las mañanas y predecía los sismos y el pronóstico mirando hormigas. Los aparatos de ahora son muy bonitos pero no hay como los insectos para saber si va a temblar. En mi época, en las noches sin viento y calurosas, cuando ladraban los chocos todos juntos en el barrio, seguro temblaba”. Me sorprendieron las palabras de ese hombre. Me recordó mi infancia y los comentarios de mi abuela. Eran los mismos. Lo de los perros anticipando temblores.
Los peregrinos que ocupaban las mesas de la vereda del café entrecruzaron opiniones. Era una asamblea. El tono de los discursos subía. Horacio estaba más rojo que nunca, su cara era una bola de sangre. ¡¡¡Ricardo Mur, Ricardo Mur!!! Gritaba. Era una locura. Me paré en silencio y dejé la plata de mi café sobre la mesa. Horacio no me registró nunca. Seguía entreverado con los demás y mientras hablaba le saltaba saliva de la boca. Yo me fui caminado lento con mi bastón hacia la esquina. De fondo se escuchaban las discusiones como ladridos de una manada de diez mil perros.
“Ricardo Mur” –pensé-. “No va a quedar ningún perro vivo”.

