Opinión
Filosofía de los espejos
Que pase el tiempo para que pase es una cosa. Es un estar. Llenar el tiempo para no darnos cuenta que pasa es otra. Es un hacer. Olvidar el tiempo sin pensar en él es otra posibilidad. Es un vivir. Todas esas posibilidades juntas conforman un ovillo experiencial que nos interpela en todas las edades. Aquí se sobrevive.
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Es así mi pasillo. Largo. De unos 50 metros. La mitad de una manzana. Es un pasillo donde se entra y se sale por distintas puertas. La manzana donde vivo está abandonada y mi pasillo conecta por dentro, como por túneles, toda la manzana. Las casas inhabitadas están intactas como las dejaron quienes se fueron. Puedo dormir en una casa y elegir la cama. O puedo despertar en una cama de otra casa.
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La manzana está tapiada toda enterita. Y hacia adentro abandonada. Como los dueños de las propiedades son cientos, nadie avanza con nada. Por eso la municipalidad decidió tapiarla. ¿Cómo es que estoy aquí dentro? Es simple. En el pasillo donde vivo, en la piecita, dormí cuatro noches y cuatro días. Estaba enfermo y solamente me despertaba para tomar mis medicaciones o alguna infusión ya preparada en la heladera. Sentía ruidos de máquinas y martillazos y eso. Pero no le di importancia. Además estaba siempre mareado y el reposo abatió mis fuerzas. Caminaba lo justo. Cuando mejoré un poco mi estado de salud, decidí salir y no encontré más que muros.
Mi puerta daba a una pared. La abría y topaba con un muro. Es así que me puse a buscar otras alternativas de salida y divisé que la puerta trabada que conectaba a mi vecino estaba sin clavos. La abrí y caminé por la casa preguntando por sus dueños. Todo era silencio. Pero las domesticidades estaban ahí. Una taza de café a la mitad. Un pan duro tostado. La heladera funcionando con sus alimentos en buen estado. Las habitaciones con sus camas. Algunas ordenadas y otras no.
Cuando llegué al fondo de la casa había una puerta abierta que conectaba a otra casa. Me moví con confianza por dentro y todo era igual que en la anterior, la de mis vecinos. Una casa que había sido vivida hacía pocos días donde no había un alma. Y así en toda la manzana conectada por pasadizos y pasillos y puertas que se abrían y daban paso a casas sin un alma. Una manzana entera sin un alma más que la mía. Una manzana toda tapiada donde sus puertas daban a muros.
Ahí me di cuenta que estaba encerrado. Así empezó mi sobrevivencia. Alimento nunca faltaba, porque era cuestión de elegir la heladera de cualquier casa y siempre había para comer. También ropa, de sobra. Imaginen. Tenía de todo. De afuera venían los ruidos de los autos y los micros, los gritos pendencieros de la noche, las risas de los niños a la salida de la escuela. Declaraciones de amor y peleas de amor. Ladridos y choques. Balazos. La información del exterior más cercano era solo auditiva.
Asumida ya mi condición de refugiado, entré en un estado de paz interior. Sin embargo, de a poco todos los servicios empezaron a caer. Dejó de haber luz eléctrica. Por lo tanto, las heladeras de las casas ya no enfriaban, los televisores se quedaron ahí como parte del mobiliario. Luego se cortó el agua. Y así se precarizó mi vida. Había conseguido muchas velas en los aparadores de las casas pero fueron extinguiéndose, como era de prever.
El agua de los bidones y de las botellas, los fósforos y encendedores, la leña, el papel, todo se terminaba. Era una vida de involución inexorable hacia un estado de primitivismo letal. Me fui acostumbrando. Y empecé a comer ratas e insectos. Hojas de plantas de los canteros y patios. Y los pocos frutales que quedaban en pie pero sin agua de riego. Fui arrasando con los restos. Todo lo que tenía vida se extinguía o yo lo consumía.
Era un ermitaño en plena autosubsistencia, nómade con límites, amurallado. Solo quedaban los espejos. Y así empezó mi nueva filosofía. La de mirarme en todos los espejos del gran abandono para ver lentamente mi deterioro físico y mental. Mis ojos hundidos. Mi barba larga. Mi mugre. La manzana amurallada era tierra de nadie y yo su único habitante, el que podía usufructuar los bienes hasta su extinción. Así es que empecé a derribar las paredes internas de las casas. Y dejar un gran predio de espejos para sentirme acompañado.

