Opinión
Pintar la ciudad: cuando reprimir es progresista
Se ha instalado un debate más que interesante sobre el cuidado de los bienes públicos, específicamente sobre los nuevos trenes inaugurados hace poco tiempo por el Gobierno Nacional, a raíz de la intervención de grupos de jóvenes que pintaron varios de los vagones. El tema se disparó mediáticamente aún más cuando al identificar a uno de los jóvenes, el mismo fue a parar a un instituto de menores por la contravención. Y, lo que resulta más candente es que el debate lo inauguran los propios referentes oficiales de 678, Duro de Domar, etc. Programas afines al gobierno quienes expusieron en los paneles sus pareceres.
-
Te puede interesar
Glaciares: proteger mejor para poder crecer
¿Qué pensar sobre el acciones de esos grupos urbanos juveniles que intervienen sobre bienes públicos a partir de su cultura del grafiti, cultura global expresada en las grandes ciudades occidentales?
Veamos. La primera reacción fue de condena con mil argumentaciones que llegaron a la cuestión punitiva. Eso demuestra que no hay casete para todo. En los medios y programas que apoyan en general al gobierno ha quedado demostrado para quienes solo ven repetidores de discursos que los tipos son humanos y tiene contradicciones. Y que a la vez salió a la palestra el tema del castigo desde epicentros progresistas. Porque es cierto que el tema de los trenes en Argentina es un tema muy sensible sobre todo luego de la tragedia de Once. Y ahora que se renuevan las flotas mucho más aún.
-
Te puede interesar
Una elección de abogados (y algo más)
El tema es ¿Reaccionamos o pensamos?
Quienes no estamos en funciones ejecutivas y tiramos ideas para repensar las prácticas y la política tenemos un rol adjudicado: el de pensar. Y también si es posible el de proponer o sembrar dudas, hacer más preguntas para que todos pensemos.
En primer lugar a los trenes solo los pintaron. No hubo vandalismo ni destrucción. Y por ese motivo se mandó a un joven a un lugar de encierro juvenil. Eso se llama “acción punitiva y represiva”. Si el planteo de reparación se cierra ahí no queda mucho más margen para pensar, solo para reaccionar desde el castigo. Y la verdad es que no creo que sea la solución.
Los grupos juveniles urbanos de las grandes ciudades como Buenos Aires o Capital Federal no son muy distintos a los de San Pablo o Río de Janeiro o a los del DF. Son culturas, o “tribus urbanas” que encuentran su contención en el propio grupo de pertenencia endogámica y se sostienen por una relación proxémica que los hace fuertes en su autoestima como grupo. Son grupos que no están encuadrados en organizaciones políticas ni en acciones solidarias. Lo que debemos leer de esas prácticas es la acción de rebeldía que busca justamente accionar donde moleste.
San Pablo por ejemplo tiene barrios enteros pintados por jóvenes y hoy son declarados patrimonio cultural por la Alcaldía. Los más osados y rebeldes son aquellos que se trepan a edificios y pintan en situaciones de riesgo, recuerdo la zona financiera de San Pablo.
Son expresiones urbanas que desean visibilidad pero desde el anonimato. ¿Hay que reprimirlos? Creo firmemente que no. Por lo menos en esta instancia de expresión de arte callejero donde no hay destrozos del patrimonio público, la represión y el castigo deben ser descartados. Si agredieran a la gente, hicieran destrozos dentro de los trenes y pusieran en riesgo la vida de los ciudadanos, bueno, ahí es otro cantar. Actuaría la justicia contravencional o penal dada la situación.
Un Estado reprime o contiene. Castiga o incluye. Comprende y se da políticas de involucramiento o reacciona con los palos. Con ese criterio represivo, las ciudades no podrían tener ninguna pared pintada con acciones del arte callejero. Recordemos la Ciudad en Flor del primer Viti Fayad donde te metían en cana si había un afiche o una pintada en una pared. Todo “orden” se impone siempre con represión y la tan mentada “diversidad” es otra forma de orden, más participativo. Reitero, siempre que no haya vandalismo y destrucción y se ponga en riesgo la vida de terceros. Eso es otro palo. Por eso, creo, el debate debe repensar la estigmatización.
Muchos mostraron la hilacha en esta situación proponiendo medidas ejemplificadoras. Y la verdad es que no sé qué está bien y qué está mal en este caso. Es lo menos que me importa. Me importa la posibilidad de expresión. Hasta de jóvenes que no pertenecen a ninguna estructura identificada. Es una forma de ver que la sociedad está viva. Se mueve, en el hormigueo constante de ciudades del anonimato social donde hay quienes encuentran el sentido en prácticas de ese tipo.
No miremos para otro lado. Si hay quienes necesitan expresarse así es porque los espacios de contención no tienen lugar para todos y que tampoco está mal que existan quienes no quieran identificarse con agrupamientos ordenados. La sociedad se mueve siempre antes que las etiquetas clasificatorias. Hay que observar, ver, olfatear. La vida es fácil, o más fácil desde un panel lleno de certezas.