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Opinión

Celebración por la barbarie

En la fiesta todo orden se invierte simbólicamente y ese festejo es una transformación que se hace práctica al otro día.
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Ahí están todos juntos en una plaza. Jóvenes, viejos, mujeres y hombres, niños. Familias enteras. Clases medias y laburantes, estudiantes universitarios y estudiantes secundarios. Trabajadores y maestros, comunidades trans y vendedores ambulantes. La plaza pública festeja los avances en el centro neurálgico de las manifestaciones. Hay alegría. Rostros ajados, pieles curtidas, villeros que se hacen dueños del espacio público en la ciudad que los persigue de día y de noche. En la fiesta todos se igualan.

Es la celebración de la barbarie, es el hedor argentino que se expresa jubilosamente. Son los que salen debajo de la alfombra, excluidos y ninguneados, marginados y derrotados que todos los días producen gran parte de la riqueza nacional. Manos de obra mejorada y dignificada a costa de palos y desempleos.

En la fiesta todo orden se invierte simbólicamente y ese festejo es una transformación que se hace práctica al otro día. Energía social para despilfarrar desde los cuerpos pegoteados en la masa que pone en práctica el ritual de la revolución de la patria. Cuando hay fiesta de la barbarie, en paz, los poderosos de preocupan.

¿De dónde salen tantos malparidos? -se preguntan en los pisos de Barrio Norte, en las peceras de los countries, en Nordelta. En las redacciones de los diarios de la mierda buscan el pelo en la leche, en los canales ventiladores del odio buscan el gasto fastuoso de una fiesta popular.

Las fiestas, los gastos en las fiestas son una inversión, nunca un gasto que se pierde. Gastar es terminar o aniquilar. Festejar es invertir en lo simbólico y en la alegría para que ese capital energético y espiritual acumulado se reinvierta en la vida cotidiana de los pobres, para que sientan que hay un Estado Nacional que los tiene en la agenda y que son ellos los protagonistas de los cambios. Nada se pierde en la fiesta, todo se transforma. El pueblo en la calle siempre dará miedo. Cuando sale a pelear y a resistir o cuando sale a festejar lo conquistado.

Por eso genera bronca y envidia. Porque no hay nadie hoy en la Argentina que convoque a tantísima gente que se sienta dueña de este proceso emancipatorio que, plagado de contradicciones como todo proceso, va por más de lo bueno que falta y por desechar lo malo que queda. Hay que pararse desde la visión y el sentimiento de la gente de la plaza y no en la crítica de los que desprecian el festejo, la celebración colectiva. Puede que no estés de acuerdo con muchas políticas del gobierno pero ahí están los argentinos que agradecen y se cuidan.

Puede que no te guste un artista o varios de los que actuaron, pero ahí están los que no lo pueden pagan en conciertos privados. Ahí están los que ven el fútbol gratis los fines de semana, los que pueden ahora sí estudiar en universidades del conurbano en sus pueblos, gratis.

Ahí están los que accedieron a una compu en la escuela para mejorar su enseñanza y sentirse incluidos. Ahí están los que se pudieron o podrán hacerse su propia casa con el plan PROCREAR, o los que pueden retomar sus estudios con el plan PROGRESAR. Ahí están los que pueden consumir dignamente gracias a nuevos empleos, nuevas jubilaciones y pensiones. Ahí están también los que por primera vez pudieron viajar a conocer la argentina en vacaciones, antes vedada.

Ahí están los que a través de la TV pública escuchan otras voces y mirar otras imágenes. Ahí están los que pueden viajar dignamente en nuevos trenes. Ahí está nuestra barbarie gozosa, contradictoria, latinoamericana, celebratoria. Es desde ahí, y nunca desde otro lado, que se pueden entender tanto cariño y agradecimiento a Cristina.