Opinión
No le pidan todo a ella
La actitud es la espera. Sea por cadena nacional o por algún anuncio todos esperan. Y como sabemos, “esperar” es un verbo en suspenso. Esperar algo es estar “suspendido” en el aire, flotando en el adiós como reza el tango. Por estas latitudes se ha cultivado la espera sobre todo cuando se ha logrado algo importante y se quiere más, o, por el contrario, cuando la anomia vence al hombre y no puede consigo mismo.
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La espera tiene sus valores significativos en la contemplación. Si uno pertenece a una cultura que deposita sus expectativas en las fuerzas espirituales como medio de comunicación con la naturaleza, espera que llueva donde no llueve o a la inversa, espera que pare de llover. Las culturas ascéticas son proclives a la espera. Se vive esperando y muchas veces, en esta sociedad compleja, la espera desespera.
Los populismos políticos en Latinoamérica tienen una peculiaridad que jamás entenderán los racionalistas. Esa peculiaridad está dada, y sostenida en la historia, por entablar una relación particular entre un líder y la masa social que lo puso ahí, en el púlpito del líder. Pero el líder no avanza en los cambios profundos si ve que su pueblo solo espera. Cuando el pueblo se moviliza se trastocan las coordenadas del tiempo y el espacio. Y al líder le llegan las réplicas en forma de reclamos que son al fin apoyos y aliento desde su empoderamiento.
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La televisión es la que fomenta más que ningún otro medio la espera. La inacción anómica, abúlica. Se está ahí frente a la pantalla “esperando” que ocurra algo, espectacular. Por eso somos espectadores. La televisión ha cultivado la espera de lo inhabitual y se desvive por sorprender, por transformar el acontecimiento único que ya se ha convertido en mundano: la espectacularidad de la vida cotidiana.
La espectacularidad es un síntoma de las sociedades sobre-informadas. Donde mucho sobra. Y como la noticia es una mercancía que circula a través de sus formatos, es de “esperar” que se consuma. El hombre tecnológico es el diseño capitalista más moldeado por la industria de la biopolítica. El producto de esa industria es un individuo que vive en plena frustración por la espera de lo nuevo de manera permanente.
Sin embargo, la energía social que siempre late subterráneamente, por algún lugar encuentra el quiebre del dique, el escape de gas, la falla. Es ahí cuando los sectores sociales no pueden esperar más y se empoderan. Y eso es lo que hoy nos está haciendo falta. Que la sociedad, específicamente los sectores populares se empoderen y movilicen por todo lo que falta. Que es mucho. Y, cuando la gente se empodera y se moviliza ya no hay quien la pare desde la función burocrática. Hasta la televisión se tiene que adecuar a esa nueva energía social.
El hombre, esperando, es un ser inactivo en su fase productiva y activo en su fase consumidora. El neoliberalismo es el paraguas ideológico de esa inacción, y, todavía convive con nosotros en varios de sus aspectos. Desterrar la espera es una actitud militante por la vida.