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Opinión

Resentimientos de rebeldía

En nuestras entrañas hay resentimiento. Y ese resentimiento es la forma que tenemos para afirmarnos como sujetos históricos frente a la avanzada del progreso que lo puede todo por la lógica global del capitalismo.
Foto: web
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Somos una rara especie americana. Nacimos –si es que hay un origen que pueda estipularse- en clara posición de espera. Siempre estamos esperando, haciendo pero esperando. Cuando vinieron los piratas en algunos lugares se les ofreció resistencia pero en otros no, se los atendió como visitantes al paraíso y se les sirvió en la boca mientras nos sacaban el puñal enterrado por la espalda.

De ahí venimos. De un puñal enterrado en nuestras espaldas, chorreando la sangre que regó los bosques y humedeció el desierto. Nacimos de la traición. Somos hijos de la traición. Desde la empresa colonial europea que visitó nuestras costas pasando por los ingleses expoliadores y los ambiciosos norteamericanos. Somos una “nación imaginaria” denominada Argentina porque como dijo Abelardo Ramos “no pudimos ser americanos”.

Nuestra Patria Grande existe desde la negación y no habrá otra manera de sernos porque nos impusieron a capa y espada culturas impropias, economías expansivas y políticas maquiavélicas. En esa hibridación nos hemos parido a nosotros mismos y hemos generado a través de la historia movimientos populares, nacionales y latinoamericanos desde la negación de la matriz occidental. Por eso nadie que piense con cabeza colonial entenderá al peronismo, al sandinismo, al chavismo, entre otros colectivos políticos de este lado del mundo.

En nuestras entrañas hay resentimiento. Y ese resentimiento es la forma que tenemos para afirmarnos como sujetos históricos frente a la avanzada del progreso que lo puede todo por la lógica global del capitalismo. Pero es un resentimiento fundante de una cultura política muchísimo más popular y democrática que la de los que se llenan el buche con categorizaciones racionales. Por decir, los partidos políticos, formados en el internacionalismo con sedes lejanas.

Estar aquí y ahora es tal vez el punto más álgido de la historia. “Estar” es una síntesis de todas las traiciones que acumulamos. Rara especie. Polisémica, plural, popular y multiétnica. Nuestra raíz jamás pudo ser expropiada aunque hayan talado una y mil veces las copas de nuestros bosques. El brutal asesinato del Chacho Peñaloza en Olta replica biológicamente en el resentimiento venal de todas las generaciones posteriores.

Es la sangre en la pacha que hizo crecer variedades terrestres. Voces epifánicas de rebeldía humana, demasiado humana. Y la filosofía por estos pagos no tiene otro problema más que el problema de la liberación. Más allá de las modas teóricas importadas y de los modistos, siempre habrá cultivo con sangre propia porque mientras maten a los nuestros habrá coágulos en la historia que serán piedra en el zapato de todo intento colonizador.

Somos eso también: coágulos en la sangre de los sanguinarios. Como el peronismo pero no únicamente con él, aquí nos hemos juntado por diferentes motivos los que no tragamos la perversa hiel. Por eso el odio de los colaboracionistas de todas la épocas. Antes ellos mandaron a sus hijos a estudiar a Europa y ahora importan “verdades” en las academias rumiantes de saber dominante. No incumben los hombres, valen las puebladas y sus posteriores organizaciones.

No hay revolución posible que no sea afectiva porque re-sentimos los avances populares como tesoros a cuidar. Porque las venganzas en los retrocesos siempre fueron terribles y no perdonaron la limitación a sus privilegios. Aquí se vive como se puede y no como se quiere. Y así ha de entenderse la política en un país y en una América diezmada por los dueños de la tierra, de las industrias, de los medios de comunicación concentrados, de los empresarios del saber, de los acumuladores de cultura.

Tenemos por herencia un conocimiento que no podrá ser arrojado del barco. Al Titanic lo hundieron ellos y a los muertos nos los quieren adjudicar a nosotros. Siempre habrá una carta escrita a mano que será levantada por un compañero para leerla en las cuevas de la resistencia.

Marcelo Padilla