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Opinión

¡Gracias Grimi! hicimos temblar a toda Córdoba

De un saque el mundo detenido eyectó violento y Leandro Grimi le pegó con una gran rosca de pascua que tenía en el pie izquierdo. La pelota voló como un boomerang y bajó torcidísima, plena como una luna llena de leche pura. Y entró.

Cuando acomodó Leandro Grimi la pelota mi corazón hizo un paréntesis abismal y la respiración se cortó de golpe. Me sentí en blanco y miré a mis hijos y estaban pálidos como un papel. El silencio era un inmenso eco que retumbaba en toda la cocina de la casa de mi vieja. Se paró el mundo y de afuera, por la calle Rivadavia, no llegaba ni siquiera el ruido de un motor. Era una especie de sueño de un mundo donde gobernaba el mutismo.

La vida pasaba a un segundo o tercer plano. Éramos casi de otra especie que permanecía flotando sin la necesidad del torrente sanguíneo. No estábamos muertos, más bien era otro estado, indescifrable, por conversión de shock. Y no se sabía si después de esa jugada, de ese tiro libre, la vida continuaba igual o nos moríamos o nos transformábamos en animales de golpe.

La cuestión es que Leandro Grimi se encaminó a la pelota y en la tele las imágenes del Estadio Mario Alberto Kempes se movían, se corrían, acompañando la sensación inexplicable de ese estado que jamás había vivido. Pasaron segundos según rezaba el reloj del partido pero habremos estado así, insomnes, como un siglo o dos. La historia se había detenido en un punto de inflexión que burlaba cualquier análisis racional.

De un saque el mundo detenido eyectó violento y Leandro Grimi le pegó con una gran rosca de pascua que tenía en el pie izquierdo. La pelota voló como un boomerang por arriba de la barrera de Belgrano de Córdoba hacia la izquierda del arquero, a la derecha del televisor. Y bajó torcidísima, plena como una luna llena de leche pura, hacia donde van a morir las arañas al lado del palo izquierdo del impotente Olave. Y entró.

Como si nos hubieran inyectado la morfina más pura contra el dolor saltamos los tres en el aire, mis dos hijos y yo, abrazándonos antes de caer a la tierra. Éramos tres astronautas abrazados en plena gravedad. Rojos por dentro y por fuera con toda la sangre puesta ahí, en ese grito interminable que nos dejó sin voz por horas. Era el 2 a 1 que luego sería implacable. Y cuando caímos al planeta tierra con mis hijos astronautas salté de nuevo y me tiré de panza sobre la mesa llena de vasos y botellas de gaseosa.

Fue todo descontrol. Ampliamos la casa de mi vieja a las patadas y a las trompadas. Quedó como una mansión esculpida con nuestras manos. No podíamos creer que a minutos del final nos íbamos a traer los tres puntos a la bodega, los tres puntos para seguir la pelea y escaparle a la angustia del descenso.

Los gladiadores dejaron todo en la cancha, buen juego y una actitud de alevosía. Estamos en carrera. Quedan cinco fechas para saber si nos quedamos en primera. Sin embargo esto se festeja a full. Por eso ni bien terminó el partido llamé a mi hermano-amigo Gustavo, con el que siempre fuimos de pendejos al Feliciano Gambarte, al Malvinas, a Mataderos, a Parque Patricios y hasta Montevideo cuando jugamos en el centenario contra Peñarol por la Copa Libertadores. Y nos dijimos a la vez “a festejar a la Parrala con la familia, nos juntamos a las diez y media”.

Marcelo Padilla