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Opinión

Somos una manada de borregos

Parece que de nada sirve lo que hacen miles de grupos juveniles en los barrios mañana, tarde y noche. Lo que hacen cientos de miles de vecinos en sus comunidades para sostener la solidaridad con el otro.
Foto: Nacho Gaffuri / MDZ
Foto: Nacho Gaffuri / MDZ

El mundo es un quilombo - ¡Imagínate el país y el barrio! - Todo está plagado de monstruosidades. Nadie podría negar que aquí no se llega a fin de mes, que el mal humor le gana unos buenos metros al buen semblante. Que hay mucho afano, que pasan cosas terribles que a veces ni nos enteramos. Pero esto fue así siempre. La nostalgia a veces nos engaña cuando evocamos la infancia porque antes pasaba de todo y no se sabía. La nostalgia es una de las formas más puras de la fantasía. Y tiene sentido que así lo sea porque necesitamos sostenernos en un pasado imaginario. Pero ya de grandes lo sabemos, la vida dura era la de antes, por la transmisión oral de nuestros abuelos.

No existe el pasado bueno y el presente malo. Tampoco a la inversa. Y el futuro es también otra fantasía –necesaria- para proyectarnos. La aldea está llena de agoreros. En la aldea penetran todas las filosofías y religiones. A veces hay que mirarse un “Pare de sufrir” por la tele para ver cómo nos venden la conversión mágica o milagrosa. El papa Francisco nos tapa la boca con una parva de gestos. Para algunos es como el Che Guevara del catolicismo.

El mundo en revolución permanente no puede aprehenderse así como así. La distancia no se logra tan fácilmente para entender por qué pasan las cosas que pasan. Necesitamos tiempo. Y el tiempo no es el devenir ni el reloj, es simplemente el vivir, el Estar Siendo y no el ser.

“Toda la filosofía se resume en quién lava los platos”, me recordaba ayer un amigo que decía Nicanor Parra en uno de sus poemas. Porque estamos pintados por fuera y despintados por dentro. La limosna y la caridad son un acto de desprecio. Por eso el guacherío anda con armas, por resentimiento, por la falta de amor. De un amor que no tuvieron y no tendrán.

Y esos guachitos de 12, 13 y 14 años que yiran por la calle en la noche, de pungas, serán la carne de cañón de esta nueva era vigilante. Doble castigo. Irán al infierno por designio de un Dios oficial que estipula quienes vivirán arriba o debajo de la alfombra. Si la sociedad pide palo, les darán palo. Y así transcurrirán los días en la aldea. En esos barrios secretos donde el amor es el olvido más que nunca.

Los que quedaron afuera del molde serán depositados en la nave de los locos. La gente quiere sangre. No quiere un segundo de paz. Han fracasado todos los medicamentos para la ansiedad y la ira. Hay un Dios egoísta, ideológico, parcial, subjetivo que adecuará las disfunciones sociales. La metáfora del parásito social, la analogía con el organismo.

Parece que de nada sirve lo que hacen miles de grupos juveniles en los barrios mañana, tarde y noche. Lo que hacen cientos de miles de vecinos en sus comunidades para sostener la solidaridad con el otro. Hoy te manda la tele a linchar y mañana a comprar dólares. Somos en la aldea una manada de borregos.

Marcelo Padilla