Opinión
No pienso opinar sobre la Vendimia
Pensé en escribir sobre la vendimia y sus reinas, pero no. No me pinta un metro cuadrado. La verdad es que me gustaría que pase rápido, algo que no va a ocurrir por cierto. Me conforma mi situación de estar en un café en plena Avenida de Mayo en Capital Federal, tomando café, saliendo a fumar a la vereda y mirar a la gente pasar por el vidrio. Como buen provinciano. Y como llegué muy temprano debo haber visto a miles de tipos y tipas caminando.
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Es un día agradable para caminar y mirotear bellas mujeres y tomar más café y fumar en la vereda. Igual vine a laburar y en todo caso aprovecho este tiempo muerto para mandar unas líneas a todos mis queridos foristas que columna a columna me hacen disfrutar con sus fascismos espontáneos. Igual es distinto y distinto es igual. Pa que calentarse.
Buenos Aires es una ciudad fanática. La capital al menos. Intolerante, ríspida, crispada. Se vive en los bares. Se ama en los baños, se oculta en el crepúsculo de la tarde. La gente aquí es gente y no pueblo. Los veo como un montón de individuos más que sujeto sociales. Una muchedumbre solitaria que va y viene, que desayuna sola, que almuerza y cena sola. En los edificios viven los gatos. Y la gente camina. Pero está bueno andar unos días por aquí, despegado del terruño. Y mimetizarse en la masa anónima, perseguir los deseos de otros, mirar con los mismos ojos que miran ellos en los subtes. Colgados.
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En el café Iberia donde estoy hay más de quince mesas ocupadas con quince personas. En ninguna hay más de una. Así es la soledad briosa en la urbe de los jíbaros. Mi piace molto. Unos días. Porque es una ciudad que no puede tener ciento setenta neurosiquiátricos. Entonces muchos andan sueltos entre turistas polacos y colombianos cancheros.
2014: más que un año vívido parece aquí el nombre-número de una película de ficción futurista. Acá estamos. No ha cambiado tanto este maldito mundo. Y a la vez nada será igual. Las dos viejas que se acaban de sentar en la mesa contigua me secan la mente hablando un francés estruendoso.
¡¡¡ Silencio!!! -“Esto es un hospital a cielo abierto”, pienso pa mis adentros.
No pienso opinar nada sobre la Vendimia. Por eso me vine a trabajar aquí. A un café en una capital donde se barren las cenizas del carnaval, pero debajo de la alfombra.

