Opinión
El golpe en la minigalaxia
Era una época en la cual se vivía y disfrutaba el barrio. No sé. Teníamos todos un campito de tierra y calles muertas para jugar a la pelota a destajo hasta las diez de la noche. Por suerte, en la cuarta baja, pegadita al avión, no pasaba nada ni nadie. Justo en el barrio no pasaba nadie porque para pasar por ahí había que perderse y no junar la zona.
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Y la banda era de ahí. Los que nos convocábamos en alguna esquina a patear tarros. Era una minigalaxia donde la calle principal es todavía una calle que no tiene nada de principal, más bien es una calle perdida o sin descubrir, de casas bajas y de tierra con acequias de barro. Digna y con una buena vecindad. La calle se llama Comodoro Rivadavia y solo tiene dos cuadras de extensión. Nace en Bajada de Arroyabe y muere en Ramírez. Y la única cuadra que la atraviesa es Francisco Villagra. Y nada más.
Para que se imaginen, desde el aire era una perfecta cruz. Ese era mi barrio, una cruz. Cuatro manzanas. Y ahí estábamos todos: el Carlitos, el flaco Daniel, el Martín y el Fabián de enfrente, el Mauricio, el maestro y el narigón, el gordo y el Lito. Más arriba la panadería del Dani y el Félix donde siempre estaba el pucho que la rompía al fútbol. También en esa primera cuadra vivían el Fabiancito y el mono que iba a boxeo y sabía karate y daba miedo. En la puerta de la casa del mono comíamos mandarinas del único árbol que tenía en la puerta. Horas comiendo mandarinas.
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En la otra el Julio, el caballo y el vierja. A la vuelta el pepe grillo y el palo. Y las chicas: Ana, Pamela, Andrea y la Gaby. Frente a mi casa vivía la Celina, mi primer amor con ocho años. Éramos una banda allá por 1976. Nos faltaba el tiempo en la minigalaxia. Tal vez porque no dimensionamos nunca la noción de tiempo y era cosa de salir de las casas como los gatos para buscarnos con la pelota bajo el brazo.
Lo mejor era la siesta porque el barrio era una tumba. Y en ese silencio copábamos el territorio. En la minigalaxia vivían viejos que se embolaban con nosotros porque, como dije, éramos una banda que andaba de arriba para abajo. Doce, quince pendejos boludeando en la cruz haciendo malabares con latas de Caballa, jugando al tonto del medio con una botella de lavandina.
Nuestro mundo era el fútbol, por eso. Y cuando vino el golpe militar nos decían que anduviéramos con cuidado. Los viejos no sabían bien lo que pasaba pero nos decían eso. Hubo noches que hubo que guardarse porque pasaban los milicos. Justo en esa minigalaxia donde no pasaba nada. Y como nos metían miedo nos teníamos que encerrar en las casas en el crepúsculo.
Teníamos unos amigos que decían que eran comunistas. Eran el Alberto y el petiso. El petiso era el más atrevido y se pavoneaba con eso. Pero la mayoría éramos peronistas sin saberlo. Había que ocultarlo y sobrevivir en el ocultamiento. En la radio se escuchaban marchas militares y en la tele en blanco y negro salían los milicos que se habían hecho presidentes del país.
Pero el país era una idea casi abstracta para nosotros porque la minigalaxia tenía tanta identidad que nos era suficiente sentirnos de la cuarta baja. Sabíamos que a algunos se los llevaba la cana, que revisaban casas y esas cosas, pero estaba prohibido decirlo. Nosotros igual hablábamos por lo bajo en las siestas de ese agónico marzo, rompiendo el código del silencio sin saber bien que afuera de la minigalaxia estaban matando gente y chupándosela.
Nos adormecía el fútbol y los relatores de radio. José María Muñoz nos adormecía con los goles del Beto Alonso, de Héctor Scotta, del Chino Benítez. La minigalaxia era una cruz que unía cuatro manzanas. Y para nosotros la calle San Martín quedaba en otro país. De allí venían las noticias y los rumores y, una vez vimos que por la acequia no corría agua. Era sangre.
Marcelo Padilla

