Opinión
Planeta peronista
El agua, la tierra, el sol, las nubes, los árboles, la fauna; y por último los hombres. Ese es el eslogan de todo ecologista edulcorado, bajas calorías. En ese imaginario planetario se enrolan muchos jóvenes que militan el planeta. Todo bien con el planeta (cualquiera de ellos) pero aquí lo que importa es vivir hoy y mañana. Pasado mañana se verá. En todo caso después de pasado mañana se ocupa el infausto destino, el azar de las coordenadas del tiempo y el espacio que nos ubicarán donde se les cante el orto.
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A mí el planeta me importa tres carajos. No tengo causa que no sea la que me pinta al levantarme. El estado de ánimo. El “estar siendo” de Rodolfo Kusch y no el “ser”. Es otro palo filosófico. Y por eso soy peronista. Trágico, convaleciente, atravesado por todas las contradicciones humanas de las tecnologías del yo.
Los que odian al peronismo encuentran siempre una justificación histórica. Nosotros aceptamos a todos porque fuimos y seremos un movimiento de inclusión de todas las causas, hasta de las religiosas oficiales y paganas. En cambio los que tienen causitas minicolectivas se desmarcan de todo movimiento pendular. El “absoluto” es el error. Porque no tiene paraguas.
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Nosotros tenemos el circo, los leones y los gladiadores. Y nos deleitamos de estar equivocados siempre. Gobernamos desde la equivocación, por eso, sabemos lo que es gobernar. Los puristas no. El peronismo es el demonio en el país más austral. Somos caníbales por naturaleza. Somos fanáticos. Somos un movimiento emocional.
Producimos urticarias y luego las curamos. Somos incorregibles e inclasificables. Tenemos dentro a la derecha y a la izquierda, nos deglutimos a los partidos chicos de izquierda y de derecha. Nuestra sola presencia quema, hace arder a los de enfrente. Somos un menjunje, un chimichurri nacional del que todos sopan su pan.
Tenemos próceres, muertos, proscripciones, intelectuales, científicos, escritores y poetas. Empresarios y cuadros políticos. Tenemos barrio, tango, cumbia y rock. Alguna vez quemamos las iglesias. Inventamos. Erramos. Vivimos. Aprendemos.
Nuestro capital es el trabajo. Somos la piedra en el zapato. Nos odian. Materializamos en la historia todas las ideas que otros no pudieron llevar a cabo por pensarlas con cabeza colonial. A nosotros se nos respeta. Ojo. Nos bancó el “mono” Gatica y parimos a Leonardo. Nuestro Leonardo, Favio.
Marcelo Padilla

