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Opinión

Peronistamente entiendo

Desde todo eso que nos pasó y nos pasa, existencialmente flacos, desmemoriadamente argentinos, ambiciosamente confundidos.

Desde que el pueblo argentino pujó sus propios arneses para no caer al vacío de la historia, su paraguas inmenso para las tormentas, sus estrategias de supervivencia cuando el hambre acampa, su propia intelectualidad orgánica frente a las invasiones coloniales del conocimiento, su música pagana hecha de jirones y llantos, lamentos y quejas de Sur a Norte y de Este a Oeste, sus plegarias y sus vírgenes, sus santos y sus caudillos, sus héroes templarios y sus unidades básicas, elementales, como agua que escupen las rocas.

Desde que nuestro pueblo supo acumular sus experiencias más en las derrotas que en los triunfos –convengamos: se la ha pasado muy mal por décadas y décadas- en días nublados eternos y soles que aguaitaban nomás y se iban para otros lares dominantemente atractivos, violentamente ganadores, asesinamente intestinales, con vehemencia descarnada sin ángeles de la guarda, a la intemperie en la cabalgata en éxodos estoicos, granaderamente negros, peñalozamente gauchos, resistentemente tristes.

Desde tiempos que no conocimos y nos contaron por la única voz oficial de vencedores vencidos, una historia, una patria, un ejército, una economía, un anhelo británico, luego norteamericanamente dóciles, pronto necesariamente periféricos semicoloniales; bribones sueltos como perros de caza, bastardos sin gloria, ellos, los otros, los de enfrente, los infiltrados, los asesinos, los obedientes, los intelectuales con miedo, los curas con amigos militares, los jueces y periodistas y empresarios y matones.

Desde todo eso que nos pasó y nos pasa, existencialmente flacos, desmemoriadamente argentinos, ambiciosamente confundidos. Una mujer que aparece del barro mismo. Evitamente solidaria, peronistamente revolucionaria, se nos va de joven al paraíso de los pobres santos, plena de flechazos de amor por sus descamisados, tempranamente pobres, tardíamente solos, sin dios, sin palmeras que trepar; ahí, es ahí cuando se ve que la sangre de todos los que perdimos no fue en vano.

Cabezas de blanco y palomas. Otras mujeres que asoman. Un flaco que las llama. Una mujer que brota. Unos miserables que reproducen sus especies de intereses más que interesantes para sus clases.

Desde que viene y va todo esto, peronistamente entiendo.