ver más

Opinión

Seis horas en Palermo Soho

Las chicas de Palermo Soho no transpiran y los tipos tampoco. Por lo menos no se les notan las gotas resbalando de la cara.

Las chicas de Palermo Soho tienen ese no sé qué…qué se yo. Buenas piernas, lindas tetitas del tamaño justo de la mano cuando atrapas un pomelo en el aire. Raros peinados nuevos, rapaditas en un costado de la cabeza y dos ojos. Shorcitos de colores, zapatillas de mil mangos y vinchas top. Y son muchas. No hay mendigos en el sitio, excepto tipos como yo que cuidé las formas para no tirarme en una esquina a pedir un favor sexual con la palma de la mano estirada con cara de borrego sucio.

Las chicas de Palermo Soho no transpiran y los tipos tampoco. Por lo menos no se les notan las gotas resbalando de la cara ni la aureola del sobaco. Y eso me pareció raro porque hacían 41 grados y yo bañado, secándome la transpiración con la remera, más parecido a un hincha de la popular que un friki de ese zoo de Capital Federal pleno de bares y restaurantes caros.

Igual mantuve la postura porque mi objetivo fue llegar a una librería de la ostia: Eterna Cadencia. Que además de librería es editorial y los textos se acumulan ordenadamente en mesones y paredes hasta el techo. Una casona de Palermo viejo reciclada con muy buen gusto burgués para el atractivo de lectores de todos los lugares del mundo. Si bien fui a pispiar tenía en mente comprar algo y conseguí una joya: la poesía completa del poeta sanjuanino de 94 años Jorge Leónidas Escudero de Ediciones en Danza. Y otro que me recomendó el encargado: La Virgen Cabeza de la travesti Gabriela Cabezón Cámara –una novela corta donde una trava de la villa relata sus conversaciones con la virgen- ese sí, de la editorial Eterna Cadencia.

Estuve un par de horas largas allí y salí mareado a la calle. A la zona de la raza superior de Capital, al lugar donde todo es encanto en la decoración de un Palermo viejo -pero renovado- que supo describir el joven Borges y recordar en amarillo cuando su ceguera. Caminé hasta Plaza Serrano, o mejor, Plaza Cortázar, a la feria. Por momentos estuve a punto de caer en el piso por el sopor de la humedad y el sol que salió furioso luego de las tormentas. Pero no paré y le di sin asco cincuenta cuadras hacia la nada, sin rumbo claro hasta recalar en Almagro en un bolichón que servía por 17$ un chori de la puta madre.

Allí habré estado 5 minutos porque me lo devoré de dos mordiscones. Pagué y seguí, sin preguntar por mi destino: Caballito. Mientras más me alejaba de esa mini Alemania racial empotrada en un rincón de Buenos Aires la gente era cada vez más normal. Divisé transpiradores humanos con gotas que le salían de las orejas y niños con pelotas de fútbol e inmigrantes de la nueva ola. Porque los que cuidaban los autos en Palermo Soho eran pibes con más glamour que los dueños de los bares. Perfecto castellano y una buena base de inglés. Fue en la Avenida Rivadavia que me dije: La patria es el otro, pero no ellos.