Opinión
Poema geográfico
Llueve… y es una bendición en la gleba. Para el desierto quemado, el agua. Para el asfalto ardido, el vapor. Para los cuerpos escoriados, el calmante. Llueve. Reaparecen las flores en el ejido. Y en los dos bordes de la fisura, en ese intersticio: agua. Ángeles hermafroditas. Pájaros comunes, del montón, acopiados en los huecos de las casas renunciadas.
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Glaciares: proteger mejor para poder crecer
El viento pasea los escombros. El trabajador de la basura -el que se lleva los restos fatigados- toca los timbres. Entrega tarjetas navideñas y un pack de bolsas negras para los requechos. 30 mangos. Y la lluvia… y el temblor de las nubes; y las vecinasque asoman por las ventanasechando vistazos, parpadeando gotas. Así se cierra, lánguido, el año: parpadeando gotas, asomados por la ventana. Adentro de las casas. En las veredas de polvo. En las camas mancilladas por el sudor.
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Una elección de abogados (y algo más)
El hedor del ciclo penetra las mudas y las telas, la vestimenta frugal, los avíos escondidos. Atacados por el vacío de las celebraciones -con su densidad henchida, espesa- hacemos el diagnóstico y extirpamos la primera conclusión de la especie: hay vástagos de estación en las cunetas atascadas con botellas. Vida. Testigos, documentos del bodrio, nociones del consumo de los últimos dispendios. Papeles de diarios con noticias, papeles de diarios que fueron envoltorio de los embriones. Obituarios falsos, pronósticos blasfemos, advertencias morales decoloradas.
Llueve, y así… la tarde. La tarde como un teatro de la sorna. La tarde como adjetivo del tiempo. Una definición de los hábitos. Y la tormenta es ahoraun ademán del cielo parco gruñendo sobre la tierra quebrada. Decía, estamos en la tarde, en su remolino, en su náusea. Clínicamente arraigados, aparecidos por las ventanas mirando a las vecinas, parpadeando gotas en la letanía del estío funeral.
Lejanía de los encierros. Bosques de cemento dulce. Pinos y palmeras crucificadas. Catarral emanación en plenilunio. Los bichos guarecenen sus nidos, envenenados por la fumigación del miedo. Y la sangre, un río. La calle,el último estero que sobrevive al calentamiento. La traza, la cuadrícula, la arquitecturarizomática del barrio y la amenaza -geografías del alma-; mueren en el vasto mapa para expedicionarios desesperados. Se deslían.
El bardo agazapado en elcinturón de los trenes. Es su tundra un manglar devagones fotografiados por espías. Una dentadura de camello. Lo han rodeado. Las cámaras hacen foco en los rosetonesbrotados. Igual disparan. Las tecnologías se descuidan, limitan la sombra. Agoniza la tarde por inmersión. Lidia la sorpresa. El bardo asume su errancia y pierde. Mancha la calle. Se aplana la noche yla atraviesa. Decide. Elige.
El espectáculo erotiza. La arena brota del manantial.Tosida, desaparece la cultura.
Huelga la palabra.

