Opinión
Una sordera
Lo habíamos previsto: pasar por debajo de los alambres de púa corriendo, a todo lo que da, arrastrándonos luego del salto un metro antes sobre la panza de la tierra. El cerdo moría lejano en algún fondo rodeado por la barbarie. Un cielo gris plateado por la vergüenza del sol hacía de toldo para los santitos. Ni más ni menos que dos culebras. Eso queríamos ser. Dos culebras sobrevivientes del Apocalipsis que enjuta a los veranos. De lejos el cerdo era partes del puzzle, sangre en la tierra, grito perdido rebotando en los ecos de las piedras fantasmales. Y alrededor cosacos destilando aguardiente envenenado por la satánica temperatura.
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El gorjeo y el cortejo de los pájaros levantando el polvo. Trapacerías de la muerte. El mundo ventrílocuo hablando por el ombligo de los volcanes. Nosotros: pura sordera. Prístino debut. Azotando los cuerpos en el amor que era un océano de plumas.
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De lejos el cerdo alimentaba al ejército. Y a su vez la guerra permanente. La subsistencia, forma económica. El usufructo del botín como venganza. Y el mito intacto hecho de mil capas de piel nueva. El alud de odio, su baba, era una escupida a los guachos sin refugio moral. La fiebre de la naturaleza imponía y disponía de las habilidades de la barbarie. Y nosotros éramos gitanía en plena errancia.
Una bohemia somnolienta, drogada por los líquidos pancreáticos. Un manantial de endorfinas a disposición, a grifo abierto. Así como el fervor de la ciudad tan cercana de tan lejana movilizaba zonas insondables de la mente, en el atrio del barro nosotros bebíamos el agua elemental de las cunetas. Sin propiedad privada. Todo era patrimonio común incivilizado. La evasión del mar, el giro cósmico de los sentimientos y la ingratitud de los sanos eran la respiración vacua de los torpes meses del calendario.
Pura selección de la especie funeraria.
Nosotros…respirábamos por los árboles.

