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Opinión

Preparar a los alumnos para la vida o facilitarles los logros

La psicopedagoga se mete en la polémica por los abanderados.

Ante la polémica de si es bueno o no que un alumno con mala conducta o repetidor pueda competir por la bandera surgieron debates de todo tipo. Según los resultados de las encuestas on line y de los medios de comunicación una amplia mayoría lo rechazaban. Se lo planteó como un tema de inclusión y como tal deberíamos aceptarlo sin reparo alguno (si esto fuera realmente inclusión), al mismo tiempo como un tema de anhelo portar la bandera, y esto sería muy loable. Pero ¿Sería bueno para nuestros niños?

La respuesta no la tenemos, pero plantearse las necesidades de hoy puede aproximarnos a algunas. ¿De qué carecen nuestros pequeños? Sobre todo de tolerancia a la frustración, todo debe ser aquí, ahora y como ellos quieren. Huelga decir que no es su culpa, sino de una sociedad que genera necesidades (para poder proveerlas a buen precio), de adultos que están muy ocupados y para solucionar pronto el “problema” (pedido, llanto, berrinche) otorgan rápidamente para poder seguir con los suyo, anulando así el deseo y con ello el placer de la espera y la satisfacción del mismo. Es decir cuando se obtiene algo tan rápido, sin esfuerzo y con la certeza de conseguirlo pierde enseguida el interés por él, cambiando el objeto de deseo inmediatamente, con lo cual comienza el ciclo nuevamente. Cualquier padre podrá decirme que vive esto a diario en su familia, o lo observa en las familias amigas. El objeto “tan” deseado pasa rápidamente a un segundo lugar y parece obsoleto frente a lo nuevo. Si cuesta (hacerlo, tenerlo, fabricarlo, esperarlo) llena al niño de ansiedad, pero no de esa ansiedad alegre previa a la noche de reyes, es más bien un estado en que uno duda si vale la pena, y el adulto solícito le soluciona el problema (lo trae, lo arma, lo consigue, etc). No permitimos que los niños esperen, se aburran, rehagan, empiecen de nuevo, reparen.

Traslademos esta experiencia a la escuela, cuando se sacan una mala nota en lugar de preguntar dónde está el error para no repetirlo, o ver qué concepto grabó mal, o que consigna no leyó correctamente, mira la nota, se enoja con el docente, hace un “bollo” con la hoja y la tira. Nos enojamos con el alumno, pero eso es lo que le enseñamos los adultos: todo rápido, todo hecho, todo bien, y si no está bien se tira, no se repara, no se rehace. “Que la seño me la tome de nuevo”. La frase “Me saqué un diez, me puso un cuatro” señala claramente cómo los logros son míos y los errores ajenos.

Vuelvo a salir en defensa de los adolescentes y niños ¿Cómo podemos pedirles a ellos que se responsabilicen de sus errores si no lo ven en los adultos? Las reacciones frente a las críticas por la resolución para abanderado son un ejemplo. Dicho esto si un alumno repitió de año ¿Queda “estigmatizado” de por vida? No en absoluto, pero sabe que aquel traspié complicará algunos logros. Si un alumno fue violento con sus pares o docentes en los primeros trimestres y mejoró en el último merece un refuerzo positivo, y todo nuestro reconocimiento. La pregunta es ¿Es bueno para él pensar que modificar algo desaparece todo lo anterior? Lo ideal sería que los chicos supieran que todo acto tiene una consecuencia positiva o negativa y que antes de reaccionar la persona inteligente debe medir la misma. Uno de los gravísimos problemas hoy en las escuelas es el nivel de violencia, y no ya de niños con problemas en su familia, o con trastornos psicológicos, sino la violencia como forma habitual (sino única) de dirimir las diferencias, o incluso de enfrentarse a cualquier grupo que no sea el propio. Ante esto uno pide: desnaturalizar la violencia y tomar conciencia que ese acto impulsivo trae consecuencias a mediano y largo plazo. Luego de decirles esto les avisamos “pero si en un trimestre te portás bien no hay consecuencias”. No, es mejor ayudarlo, premiarlo de otra forma. Pero que sepa que perdió algunas cosas que quedan para aquellos que siempre actuaron bien.

El orgullo de portar la bandera debe contemplar: conducta, logros académicos, y debería contemplar otras formas de inteligencia (además de habilidades cognitivas) como inteligencias múltiples, inteligencia emocional: pero esto es inteligencia intrapersonal su capacidad de reflexionar sobre sí mismo, la interpersonal, la relación con los demás, inteligencia emocional: reconocer sus emociones y aprender a manejarlas, inteligencia social, inteligencia asertiva. Con lo que no podríamos tener en cuenta a un niño que solucionó sus conflictos con golpes, que no fue solidario, que no puede ser empático, etc. Atender a los nuevos conceptos de inteligencias no es descartar lo anterior sino enriquecerlo con nuevas miradas. Eliminar esto y creer que los niños no “podrán superar la frustración” es una mirada muy antigua, hoy sabemos que el niño que puede afrontar la adversidad y superarla será resiliente en la vida. Eso es lo que merecen nuestros alumnos que los preparemos para enfrentar la realidad, donde ni en el trabajo ni en la universidad será igual rendir mal que bien. Es necesario exigir que la educación no subestime a nuestros hijos.

Nancy Caballero

Psicopedagoga-Lic. Psicología-Mgter en Psicología Social