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Opinión

Asesino serial

El columnista se deja llevar por aire más narrativos en este texto.

“Tampoco fue tan terrible, fue un golpe, un golpe certero y justo a tiempo. No es para culparse tanto cheee, quedó bien dentro de todo, la sangre siempre espanta pero es solo sangre, la va a recuperar, jajajaja. No te hagas la cabeza”, dijo Pablo para apaciguar mi culpa. El tipo seguía tirado en el piso, inconsciente. Le brotaba sangre de la nariz y de la cabeza. Boca arriba con los brazos en cruz. Y un aura que lo rodeaba. Un aura de sangre espesa y brillante. Me había humillado, el tipo me había humillado y amenazado. Yo lo advertí varias veces. Le dije que parara, que no se metiera más con Celina. Que Celina ahora estaba conmigo. Que Celina era pasado para él. Pero siguió. “¡¡¡Celina es una puta, una inmensa puta, les voy a quemar la casa manga de malparidos!!!”. Ahí fue que no pude controlarme. Y la ira me pudo. Apreté los dientes y de los dorsales salió una fuerza incontenible que circuló por el hombro, bajó al brazo y llegó al puño apretado como en un cólico renal. Se la di en el tabique. Fue un golpe perfecto. Lo tumbé y cayó como un muñeco de papel maché, de espalda. Su cabeza fue a parar al cordón de la vereda y rebotó dos veces. Quedó echado en el cemento de la calle con los brazos en cruz y los ojos cerrados. De su boca entreabierta salía un hilo de baba. Respirar… respiraba. Eso me dejó tranquilo en el momento pero el tipo seguía ahí, inmóvil como una postal. Yo no era de pelear. Más bien me puteaba, me calentaba, pero jamás llegaba a las piñas. Para mí las piñas son angustiantes. Me gustan, sí, verlas por televisión, cuando pasan esas escenas en los programas que tratan la inseguridad en el conurbano bonaerense, a la salida de los boliches, flacos en pedo y a las trompadas limpias. Ahí me gusta, pero solo verlas. Pero yo, agarrarme a piñas, jamás. Ni de pendejo. El tipo seguía ahí mientras Pablo me decía que no pasaba nada. No sabía muy bien qué hacer. Eran las 3 de la madrugada y no pasaba un alma por la calle. Helaba. Celina todavía no llegaba del cabaret. Y como salía a las siete de la mañana tenía tiempo para esconder el cuerpo. Pablo estaba borracho. Pasado de tragos. Fumaba y le tiraba piedritas al tipo tirado. Le hablaba boludeces. Y el tipo pálido acostado en una laguna de sangre tibia. Habrá pasado media hora cuando el tipo entreabrió los ojos y me asusté, me puse ansioso y no pude controlarme. Agarré una baldosa de la vereda, una baldosa que pude sacar con los dedos, una baldosa enclenque de la vereda. Y se la di en la frente con una de las puntas. Se la dejé clavada en la frente. Me volví loco. A Pablo, de la impresión, se le pasó la borrachera y me agarró desesperado, angustiado. “¡¡¡Pará pelotudo, lo mataste!!!”. Mi respiración se entrecortaba, el corazón latía a mil kilómetros por hora. “Lo maté, lo maté”, dije en voz alta. El tipo igual. Tirado con los brazos en cruz en el cemento de la calle, con la baldosa clavada en la frente. Era dantesco. La sangre le salía a chorros de la frente. El tipo no respiraba, no tenía pulso. Estaba muerto. Muerto por mí, que no me gustaban las peleas a las piñas y detestaba la violencia. Me había convertido en un asesino. Había cometido un homicidio. Estaba shockeado. El tipo ahí, muerto por mí. Sangrando, con ese aura. Como no gritó, ningún vecino se asomó por la ventana. Tenía una chance. Pablo fumaba y fumaba uno tras otro. Caminaba alrededor del cuerpo. En silencio, como pensando qué puta hacer pero sin hacer nada, ni tirarme una idea. Pablo se quería ir, dejarme ahí, movía la cabeza de un lado a otro, desaprobándome. Yo sabía que Pablo me dejaría solo, porque era un cagón, un tipo que solo estaba en las buenas. Y lo imaginé delator. Entonces, mientras Pablo seguía caminando en círculos alrededor del cadáver saqué otra baldosa y se la incrusté a Pablo en la cabeza, por detrás. Se la dejé clavada en la cabeza por detrás y Pablo cayó desvanecido. Arriba del tipo muerto por mí. Como abrazado quedó Pablo al tipo. Entonces me di cuenta que tenía otra chance. Miré la escena, la estudié. Pablo arriba del cadáver con la baldosa incrustada en la cabeza, por detrás de la cabeza y el muerto con la baldosa incrustada en la frente. Y un lago de sangre espesa, tibia, hamacando los cuerpos. Me acerqué a Pablo y no respiraba, no tenía pulso. Pablo estaba muerto. Muerto por mí. Me convertí en un asesino serial. Había matado a dos personas. Doble homicidio. Cadena perpetua. Vivir en una prisión. La calle vacía, los cuerpos muertos abrazados. Celina llegaría a las siete y cuarto del cabaret. Habría gente caminando hacia su trabajo, harían la denuncia. La policía llegaría. Todo eso pensé. Todo. Todo por una puta, por una inmensa puta. Entonces entré a la casa y desparramé el frasco de alcohol que teníamos en el baño sobre las cortinas y los sillones. Les prendí fuego, llevé diarios a la habitación y le prendí fuego. La casa iluminaba la cuadra y sobre el techo se erguía un hongo gigante de humo negro. Eran las cuatro de la mañana. Salí caminando y me metí un pucho en la boca. Lo prendí y bajé fumando por el callejón desierto mientras escuchaba una sirena lejana, muy lejana. Lejana de mí, lejana de Celina, lejana de mi soledad.


Marcelo Padilla.