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Opinión

Calixto depende del viento

Marcelo Padilla nos deja un aguafuerte en tono poético.

 Camino por la ciudad. Doy trancos largos y luego respiro cortito. Uno, dos, tres, cuatro…y uno, dos, tres, cuatro. Me subo al barquito. Pasa Calixto con su canoa y roza mi mascarón de proa. Calixto mudo. Va derecho. Tiene un largavistas colgado del cuello. Un skater lo salta pero él sigue impávido. Calixto está desnudo. Hace frío. Él no lo nota. Parece no sentirlo. No tirita. Dejo a la deriva el barquito y me subo a su canoa, por atrás. Le susurro al oído coordenadas. Sé que él me escucha, a pesar de su postura de yeso. La canoa topa en la puerta del ACA y se queda ahí. Calixto mira a través del vidrio. En el café hay gente, mucha. Calixto espera, con su postura de yeso, una brisa. Flota ahí. Me bajo y giro su canoa. Derecho por San Martín. Hacia el norte. En la esquina de Garibaldi lo saludan con pañuelos. Como si lo estuvieran esperando. Calixto se destraba y asume la posición de un cóndor. Un cóndor desnudo. Calixto es un cóndor desnudo. La canoa va. Le susurro “Tiempo” -de Víctor Hugo Cúneo-, y se le cae una lágrima de fuego. Sigue inmóvil. Sin gestualidad. Desnudo e inmóvil. Lo zamarreo por las alas. Está duro. Es un cóndor duro. Embalsamado y desnudo. A la altura del Pasaje San Martín le susurro una canción de Sergio Embrioni - “Hamaca de Plata”- y Calixto suelta una lágrima vegetal. Pero sigue igual, inmutable. La ciudad se resiente. Está ahogada por la humedad. Cuando pasamos por la puerta de la Galería Tonsa le susurro una pintura de Orlando Pardo -la del huevo frito que tenía el Mario Franco colgada en la pared del departamento-. A Calixto le resbala una lágrima de aceite de oliva. Lenta. Densa. Un rayo de sol la atraviesa en su caída libre y explota. Salpica. Perfuma. La canoa de Calixto no tiene remos. Depende del viento. Calixto depende del viento. Como los cóndores.

Marcelo Padilla

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